martes, 27 de mayo de 2008

La amistad como forma de acción directa


Mornau realizó la película "Nosferatu, una sinfonía del horror" en 1922. Se trata de una adaptación de la novela de Bram Stoker con algunas diferencias significativas: el vampiro es el Conde Orlok, la acción no transcurre en Inglaterra y el mismo título de la película no es "Drácula". Mornau lo dispuso así porque no pudo conseguir los derechos de la novela, propiedad en aquel entonces de la viuda de Stoker. Esos pequeños cambios no fueron suficientes y, ante la evidencia de la adaptación, la viuda de Stoker interpuso un pleito y ganó: un juez resolvió que la película era ilegal y ordenó destruir todas las copias existentes. Por fortuna algunas copias se salvaron y permanecieron durante años escondidas en manos de particulares, y gracias a ellas hoy podemos disfrutar de una obra maestra considerada como la primera película de terror de la historia del cine.

Aquí cabe plantearse un pequeño dilema: lo ordenado por el juez, "lo justo", era que se destruyeran todas las copias, que la película dejara de existir; de hecho, no tendría que haberse rodado. Pero gracias a que Mornau desobedeció una ley sobre derechos de autor, y gracias a que algunas personas ocultaron copias y desobedecieron la orden del juez, hoy disponemos de una obra de arte que, de haberse cumplido con la legalidad, no existiría.

Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran qué hubiéramos preferido, el cumplimiento de las leyes y no tener película, o el incumplimiento y disfrutar hoy de Nosferatu, creo que muchos escogeríamos sin dudar lo segundo. Planteemos la cuestión de un modo ligeramente distinto: dado que la existencia actual de copias de la película es consecuencia de varios actos de ilegalidad, para restaurar la justicia y para dar ejemplo, ¿deberían destruirse ahora las copias que se salvaron? Si hubiéramos de hacer caso a las campañas de propaganda de las entidades que se autodenominan defensoras de la propiedad intelectual tendríamos que responder afirmativamente. Por suerte, el sentido común nos indica otra cosa.

Hace ya tiempo que asistimos a una ofensiva legal y propagandística (ellos dirían "de concienciación") de entidades y asociaciones que agrupan a la industria audiovisual. Desde ese ridículo anuncio que debemos ver en los cines antes de la película ("ahora la ley actúa"), hasta todo tipo de demandas legales y cierres de sitios en la red, el último uno dedicado a escribir subtítulos de forma colaborativa y desinteresada. La ofensiva propagandística podría ahorrarse toda la moralina barata que destila y centrar de una vez la cuestión. El mensaje es: no tengas amigos. Puedes escoger entre ayudar a tus amigos e incumplir leyes de propiedad intelectual, o bien cumplir con todas esas leyes y renunciar a tener amigos. Parece un chiste, pero éste es el dilema que nos plantean. Hace unos días un amigo me visitó en casa y se puso a revisar la música y las películas que tengo; escogió unas cuantas que le gustaban y se las llevó para grabarlas. ¿Se supone que tendría que haberme negado ante tal acto de "piratería"? ¿Tendría que romper mi amistad con él? ¿Qué hago, dime, Ramoncín?

Si te interesan estas cuestiones, amable lector, estás invitado a participar en la jornada "Compartir dóna gustet" que tendrá lugar el 31 de mayo durante todo el día en Conservas, calle Sant Pau 58, Barcelona. Allí podremos meditar sobre el tema y decidir por fin si preferimos tener amigos y compartir nuestra riqueza con ellos, o bien si escogemos la misantropía y el aislamiento como mejor manera de garantizar el cumplimiento de la legislación vigente y los beneficios de la industria audiovisual.

¡Ay! quién me iba a decir a mí cuando de niño bajaba al parque a hacer amiguitos que algún día descubriría que tener amigos es ilegal. ¿Ilegal? Es revolucionario.

jueves, 15 de mayo de 2008

La reprise du travail aux usines Wonder




El vídeo que antecede no es ninguna ficción interpretada por actores. Es exactamente lo que dice el título: la vuelta al trabajo en las fábricas Wonder, en algún lugar de Francia. Mientras los trabajadores discutían en la entrada de la fábrica, alguien filmó este diálogo. Acontece al final del Mayo del 68, cuyo cuadragésimo aniversario se ha cumplido ahora. Visto por la gente que no vivimos los acontecimientos, y si hubiéramos de hacer caso a lo que narran los protagonistas bien situados ahora en puestos políticos o mediáticos, pareciera que Mayo del 68 fue básicamente una revolución hormonal. Una revolución centrada en romper tabúes sexuales, lazos familiares, disciplinas sociales, vínculos generacionales, un pequeño soplo de aire fresco en una sociedad encorsetada. Y poca cosa más. Pero fue mucho más, y es lo que este vídeo muestra. No se trató sólo de una revuelta estudiantil, sino que se enmarcaba en un ciclo de luchas obreras y huelgas generalizadas en toda Francia. Pero a las tres semanas de empezar todo, la clase política, la patronal y los grandes sindicatos pactan el final. En el vídeo se ve a dos delegados sindicales de la CGT francesa, uno de ellos se distingue por la corbata, intentando convencer a los trabajadores de que todo se ha acabado y entren en la fábrica. La chica joven, con expresión de asco y casi sollozando, viene a decir: "¡Yo no vuelvo ahí dentro!" Los delegados sindicales insisten todo el rato: es un buen acuerdo, suben los salarios un 10%, es una victoria, hay que saber cuándo parar una huelga, hay que ir por etapas (esto lo repiten mucho). El chico joven de la derecha, que no trabaja en la fábrica, dice que los sindicatos han traicionado a los trabajadores, que ese 10% lo recupera la patronal con la inflación y más cosas, pero es sobre todo la chica la que insiste una y otra vez: "yo no vuelvo ahí dentro", y describe la fábrica como una especie de cárcel de tristeza y miseria. Aunque no lo explicita, comprendemos lo que quiere dar a entender con su rabia y sus sollozos, lo que piensa más con las entrañas que con el cerebro: no nos hemos sublevado por un triste 10% de subida salarial, lo que queríamos era cambiar nuestras vidas, ¡yo no vuelvo ahí dentro!. Y los delegados sindicales dale que te pego: es un buen acuerdo, hay que ir por etapas, blablabla... Al final, alguien que parece el patrón o algún encargado suyo avisa que ya se puede entrar en la fábrica y los trabajadores, dóciles y en silencio, van entrando uno a uno. Esta escena se repitió en muchas fábricas de Francia aquel mismo día. Los delegados sindicales mentían a los obreros descaradamente: cuando proponían votar la vuelta al trabajo en una fábrica, decían que en otras ya habían decidido acabar la huelga, cuando no era verdad; en todas las fábricas repetían la misma maniobra. Estos diez minutos de filmación demuestran, mejor que ninguna historia escrita, lo que son estos sindicatos: bomberos prestos a apagar el fuego cuando el incendio corre el peligro de extenderse.

Esta filmación estuvo años perdida y se redescubrió por casualidad. A raíz del hallazgo se intentó localizar a todas las personas que intervienen para saber qué había sido de sus vidas 30 o 40 años después. Me dicen que, acabado el mayo del 68, acabada aquella situación de excepcionalidad, aquella explosión de libertad, hubo gente incapaz de resignarse a volver a la normalidad, al aburrimiento, al sometimiento y al trabajo, y que algunos se suicidaron ante la imposibilidad de renunciar al cambio que habían saboreado en sus vidas durante aquellas pocas semanas. De las personas de la filmación, la única que no pudo ser identificada ni localizada fue la chica joven. No se ha vuelto a saber nada de ella. Podemos suponer que no volvió al trabajo aquel día. Que se marchó y cumplió lo que decía entre sozollos y gritos de rabia: "¡Yo no vuelvo ahí dentro!".

domingo, 4 de mayo de 2008

Ecos de sociedad

Visitaba el otro día una conocida librería cuando me percaté, con perplejidad y cierto gozo, de que tenía una sección etiquetada como "Miscelánea". Con curiosidad repasé los títulos y ésto es lo que encontré: un libro sobre el cultivo de la marihuana, otro sobre huertos urbanos, un manual de tareas domésticas para hombres separados, una guía de tumbas y cementerios célebres de todo el mundo y un tratado sobre protocolo. Cogí el ejemplar que a priori parecía más interesante: la guía mundial de tumbas y cementerios célebres, pero lo devolví a su lugar decepcionado pues no contenía ningún tipo de ilustraciones que acompañasen el texto. Al salir de la librería, y mientras me dirigía a una cita con dos lectores habituales de este blog (y que son mucho más que eso, pero ésa es otra historia), meditaba sobre los hallazgos que había hecho y decidí que el más aprovechable era el manual sobre protocolo y buenas maneras. Como es sabido, en nuestra época se da un cierto relajamiento de las costumbres que ha provocado importantes cambios en los modos de sociabilidad, tema de estudio y de normatividad del protocolo, especie de pragmática del trato social. Así que, movido tal vez por el hado que dispuso mi encuentro con aquel libro de protocolo, me animo hoy a emprender un esbozo de investigación sobre las relaciones sociales.

Siendo fieles a nuestra particular manera de acercarnos a la realidad, que rehuye de toda sistematización y se complace en la recopilación del dato minúsculo y anecdótico, he decidido centrar este estudio de hoy en una cotidiana e inagotable forma de sociabilidad como es el hábito del cotilleo. Si tú, lector, eres partidario de las tesis de Heidegger, sería preferible que no siguieras leyendo, pues como ya sabes, el pensador del Ser abominaba de esta práctica del cotilleo, de las habladurías, del ansia de novedades, y consideraba que su práctica nos mantenía en la inautenticidad, inhabilitados para, en el silencio, plantearnos la cuestión de la pregunta que interroga por el sentido del Ser. De todas maneras, a riesgo de parecer osado, voy a cometer el atrevimiento de contradecir a tan gran pensador y me permito sugerir que tal vez su juicio acerca del ansia de novedades y la habladuría fue demasiado severo. Pues si es verdad que ser-ahí es ser-con-los-otros, y que el lenguaje es la morada del Ser, ¿qué mejor fenómeno que el cotilleo para estudiar simultáneamente el ser con los otros y el lenguaje, que en este caso habla de los otros? Sí, el cotilleo habla de los otros y de cómo son las vidas de los otros, y es el momento en que el lenguaje comienza a desplegarse más allá de su uso estrictamente práctico y utilitario. Y, en todo caso, tenga en cuenta nuestro posible lector heideggeriano que no es tan importante qué sea el Ser, sino qué hacemos con nuestras vidas, y para eso usaremos hoy el cotilleo como herramienta de investigación.

Cotillear consiste en hablar de la vida más o menos privada de terceros, y hablar más bien mal. El escenario en que tiene lugar esta actividad ha ido cambiando a lo largo de la historia. Actualmente, por ejemplo, suele hacerse en la televisión, a cargo de unos profesionales especializados en esta tarea. En otras épocas era una actividad más autogestionada y se realizaba en lugares donde la gente coincidía de forma cotidiana. Por ejemplo, en la imagen que encabeza este texto, podemos ver uno de tales sitios. Se trata de una letrina pública de la época romana, en la ciudad de Ostia. Todos hemos visto películas donde personajes romanos hacen vida social en las termas y discuten los importantes asuntos del Senado mientras se bañan o reciben algún masaje. Pero por evidentes razones estéticas y de decoro, el cine nos ha escamoteado que las letrinas públicas eran también un lugar donde hacer tertulias y relacionarse con los vecinos. Sólo las familias adineradas dispondían de retrete privado, las clases populares debían acudir a las letrinas públicas, y nunca mejor dicho, porque defecaban en público. Como se aprecia en la imagen, no había cabinas individuales, sino salas comunitarias con bancos de piedra dotados de unos orificios a intervalos regulares que ya podemos imaginar para qué servían. Por debajo del banco de piedra transcurría una canalización de agua apropiada para evacuar las deposiciones y, en la foto, todavía es perfectamente visible el canalillo que transcurría a los pies de los defecadores. Por ese canalillo discurría agua y los funcionarios públicos depositaban allí unas esponjas que servían para limpiarse, y que eran también de uso comunitario. Podemos imaginar el ambiente del sitio, con gente entrando y saliendo, y las conversaciones que podrían tener lugar allí, a veces entre vecinos de asiento, a veces tertulias generales donde participaría toda la sala.

El otro día, durante la cita con mis dos lectores, tras plantearnos brevemente la cuestión de la pregunta que interroga por el sentido del Ser, y declarándonos incapaces de arrojar nuevas luces sobre el tema, convinimos en entregarnos a habladurías y cotilleos. Aunque el escenario donde tuvo lugar este encuentro fue la terraza de un bar y no una letrina pública. Guiado por un espíritu introspectivo y de autoexploración, me dediqué a contar un cotilleo que había llegado a mis oídos, en lugar de observar pasivamente las habladurías que pudieran proferir mis dos contertulios. El caso que narré es el siguiente:

Parece ser que unos días antes, en cierto bar de esta ciudad conocido también por sus actividades culturales, se hallaba presente una pareja en actitud amorosa. De repente, de entre la multitud, aparecieron unas chicas que atacaron al elemento masculino de la pareja alegando que estaba cometiendo una "agresión sexual". La supuesta agredida adujo que no era tal el caso, que eran pareja y que su proximidad no se debía a acoso ni agresión alguna. Finalmente la pareja incomodada de esta manera abandonó el local.

Esta habladuría, que supongo cierta en términos generales, me ha resultado especialmente cómica en primer lugar por lo esperpéntico del caso, y segundo porque ya tenía noticia de la actuación de este grupo que lo que más me evoca es a esas llamadas "patrullas vecinales" que a veces aparecen en barrios especialmente degradados; incluso conozco personalmente a alguna víctima de sus correrías anteriores. Desconozco cuál pueda ser la ratio de aciertos de esta patrulla, aunque la anécdota narrada y el caso conocido por mí no me hace augurar un balance exitoso. Por otro lado, sospecho que ciertos principios de procedimientos judiciales, como presunción de inocencia, verificación de pruebas, derecho a una defensa, apelación, proporcionalidad de la pena impuesta, prescripción, agravantes y eximentes, acusaciones en falso, etc, no forma parte del ideario de ese grupo. Más bien imagino que conciben el linchamiento como una forma de democracia directa (según escoliastas orales a Toni Negri en un seminario sobre Poder Constituyente). Hace unas semanas, en otro bar de ambiente parecido al que acogió la anécdota narrada, unos amigos me señalaron discretamente la presencia de una miembro de esta patrulla, pero parece que ese día no estaba de servicio. Debido a que corro un cierto peligro de coincidir con este cuerpo parapolicial, y visto que mi carencia de antecedentes en materia de agresiones sexuales no es ninguna garantía, sería de desear que emitieran un comunicado aclarando qué locales y zonas consideran bajo su "jurisdicción", y si los dueños de esos locales están de acuerdo. Así podría decidir si voy o dejo de ir a ciertos sitios. Mientras tanto, y como medida de protección, recomiendo a mis lectores masculinos llevar siempre un pequeño bote con algo de harina dentro y etiquetarlo con la leyenda CsBr, es decir, bromuro de cesio, pues estas sales tienen efecto sedante y se decía que se las daban en las comidas a los soldados españoles durante el extinto servicio militar para aplacar su líbido. Al llegar a un local de riesgo a donde acudes para ver la actuación de un amigo poeta, por ejemplo, puedes sentarte en la barra, pedir una cerveza, sacar el bote de supuesto bromuro manteniéndolo bien visible y pedir a todas las mujeres que se mantegan alejadas de ti como si se temiera en el local una inminente redada de la policía religiosa saudí. O eso, o que se pongan uniforme y lleven placa de identificación cuando estén de servicio las agentes de este somatén.

Animado de espíritu de empresa, y con el ánimo de que aprovechen las oportunidades que ofrece Barcelona a los emprendedores, me atrevo a proponer a estas personas que regularicen su actividad siguiendo la estela de la acrisolada tradición comercial catalana. La propuesta es muy sencilla: fundar una cooperativa y cobrar por lo que hacen. Hasta ahora se han dedicado a propinar palizas a supuestos agresores sexuales, a veces reales, a veces imaginarios, a veces sí pero no era para tanto, etc. Pero, ¿han pensado en la cantidad de hombres que no sólo no protestarían por recibir la paliza, sino que pagarían por ello? El vicio inglés creo que lo llaman. No sería mala promoción: pasar de agente parapolicial a dominatrix, ofrecer un servicio a honrados padres de familia y estresados hombres de negocios que necesitan el desahogo de un buen correctivo, y encima cobrar por ello. Si se deciden a emprender esta nueva actividad, que tengan en cuenta que no todo vale, como hacen hasta ahora, y aunque estén zurrando al cliente, éste no deja de ser cliente y merece unas ciertas atenciones que sus represaliados no reciben. No vendría mal que antes de empezar estudiaran algo de protocolo y buenas maneras en este sitio.

Bien, queridos lectores, hasta aquí el caso. Como podrán apreciar, un buen cotilleo debe ser real, truculento, esperpéntico y polémico. A partir de su estudio será posible profundizar en la condición humana e investigar la naturaleza de nuestras instituciones sociales. Y antes de terminar, aprovecho para exhortar a nuestras paramilitares a que renuncien a la práctica de la Ley de Lynch, no creo que sea una aplicación válida de la democracia directa y ante la falta de garantías con que ejercen su ministerio, resulta peor el remedio que la enfermedad. A ver si puedo dejar de ir a ciertos locales con el frasco de bromuro por si a caso; no quiero que mi vida social y lúdica se reduzca a fiestas tan poco atrayentes como la que pueden ver a continuación.

domingo, 27 de abril de 2008

¿Gobiernas o haces régimen?


Hace años era un lugar común entre gente joven pretender que entablabas conversación con un recién conocido preguntando ¿estudias o trabajas?. Tiempo después, en los inicios de la Barcelona fashion, cuando Javier Mariscal elevó a la categoría de diseño el dibujo publicitario, el tópico se transformó en ¿estudias o diseñas? Pero ahora que esta ciudad que el 2004 iba a mover el mundo ha descubierto su verdadera vocación de abrevadero de hooligans podríamos empezar a decir ya, con toda naturalidad, ¿cómo vives tu precariedad? cuando nos presenten a alguien en cualquier tipo de evento. Hasta la respuesta la podemos tener ya codificada. A semejanza de aquel ¿Y la familia? Bien gracias, podríamos tener ya pregunta y respuesta homologada: ¿Cómo vives tu precariedad? En soledad, gracias; (con perdón por el pleonasmo).

Entre los gobernantes, cuando se conocen, el saludo debería ser el que da título a esta entrada: ¿Gobiernas o haces régimen? . Porque hace algún tiempo descubrí que algunos países gozan de gobierno mientras que otros parecen sufrir otro tipo de organización política llamada régimen. No sé cuándo comenzó a darse este fenómeno, pero yo lo advertí durante el prólogo de la invasión de Irak. Cuando los medios de comunicación tenían que referirse al gobierno de aquel país, habían usado hasta entonces la expresión convencional "gobierno iraquí", pero de la noche a la mañana los iraquíes pasaron por arte de magia de tener gobierno a tener régimen: tenían "el régimen de Sadam Hussein". Prensa escrita, radio, televisión, tertulianos, todos hablaban del "régimen de Sadam", incluso los que estaban en contra de la invasión.

Fue entonces cuando advertí que la taxonomía de los sistemas políticos era muy sencilla. No tenía ninguna importancia la clasificación que yo manejaba hasta entonces: monarquía absoluta, monarquía constitucional, república parlamentaria, república presidencialista, república socialista, dictadura militar, etc. No. Todo era y es mucho más sencillo, sólo hay dos categorías: los países que tienen gobierno y los que tienen régimen. Para avanzar con seguridad en nuestra investigación, analicemos cuidadosamente la fenomenología disponible. Hay países que siempre tienen gobierno, por ejemplo Francia. Siempre oiremos la expresión "gobierno francés", pero jamás se ha dado el caso, que yo sepa, que alguien haya dicho algo así como "el régimen francés ha desplegado miles de policías en la banlieu de París". Otros países, en cambio, no parecen tener gobierno, siempre tienen régimen. Ya hemos mencionado el caso de Irak. Afganistán, antes de su actual invasión, sufrió el mismo proceso: en Kabul no había ningún gobierno, allí tenían "el régimen de los talibanes". Ejemplos actuales podrían ser Cuba o Irán: el primero tiene "régimen castrista" y el segundo "el régimen de los ayatolas". Venezuela es otro país que aparentemente no tiene gobierno, allí se da "el régimen chavista". En cambio, su vecino Colombia parece que tiene un gobierno, el gobierno colombiano, sin que se sepa a priori porqué no tiene "régimen de Uribe". Observemos los ejemplos privilegiados de Irak y Afganistán, en los cuales se pudo ver en directo la transformación de sus gobiernos en regímenes. ¿Por qué sucedió? No hay que darle muchas vueltas a la cuestión para dar finalmente con la explicación: aquellos países con los que tenemos buenas o indiferentes relaciones tienen gobierno, como nosotros, pero aquellos países con los que tenemos problemas, queremos invadir, o no nos gusta la línea política de su gobierno, tienen régimen. Es así de sencillo. Actualmente parece que no tenemos ninguna intención de invadir Nicaragua, luego podemos dejar que tenga gobierno. Cuando el presidente Reagan consideraba que Nicaragua atacaba nuestros intereses, entonces en Managua había "régimen sandinista".

Una vez descubierta esta explicación, podemos facilitar el análisis de los acontecimientos internacionales y el estado de nuestras alianzas. Por ejemplo, a pesar de las protestas de la Unión Europea por el trato del gobierno israelí a los palestinos, la UE jamás hará nada, absolutamente nada, en contra de Israel. ¿Cómo lo sé? Porque nunca ningún dirigente de la UE ha calificado de "régimen" al gobierno israelí. Así de fácil. Esta sencilla clave interpretativa, en su simplicidad, es maravillosa, porque, en el fondo, el binomio gobierno/régimen no es más que un eufemismo para ocultar el clásico amigo/enemigo que tan bien nos explicó Carl Schmidt. Y esta simplificación brutal lo barre todo, pasa por encima de ejercicios de diplomacia, hipocresía, lenguaje políticamente correcto, etc. Un ejemplo curioso e instructivo es el de los países que oscilan entre un calificativo y el otro. Últimamente parecía que las cosas con China iban bien, el capitalismo se está expandiendo allí y el gobierno chino parece ya una dinastía imperial más de su larga historia con la única peculiaridad de que ahora el cargo de emperador no es hereditario. Pero surgen las protestas de tibetanos, el gobierno chino se hace antipático, y algunos han empezado a decir otra vez "régimen comunista" (!?) o "régimen de Pekín". Si esto degenera en una guerra comercial en un escenario de materias primas escasas, seguirán siendo régimen. Si las aguas vuelven a su cauce, volverán a tener gobierno.

Desde aquí me permito sugerir a los gobiernos de ciertos países que den instrucciones a sus gabinetes de prensa. Cuando repasen cada día las noticias que se publican sobre ellos, que estén atentos. Si les llaman "gobierno" es que no pasa nada. Pero si un día, de repente, pasan a llamarles "régimen", que enciendan las luces de alarma y avisen a la autoridad competente: "señor presidente, movilice el ejército, en la prensa occidental nos han llamado régimen, tal vez quieran invadirnos".

¿Han visto ustedes en la foto lo delgado que está el señor Ahmadineyad? Parece que esté a régimen (una dieta enriquecida de uranio, supongo). Los iraníes deberían preocuparse. Si a ustedes también les preocupa el tema, pueden visitar el blog de Ahmadineyad y comentárselo.

viernes, 18 de abril de 2008

Cartas de navegación



Los antiguos egipcios fueron los primeros hombres en producir cartas de navegación sofisticadas, el conocido por nosotros como "Libro de los Muertos" (su título original era "Libro para salir al día"). Todo muerto que se lo pudiera permitir se enterraba con un ejemplar, pues era la guía imprescindible para orientarse en el país de ultratumba, con una descripción completa de lo que uno se encontraría por allí y consejos con las acciones a emprender en cada etapa para poder completar el viaje hacia el paraíso.

Es una lástima que el cristianismo no tenga un equivalente al Libro de los Muertos. Su existencia hubiera simplificado mi niñez cuando estudiaba religión en la escuela y había que aprender a distinguir cielo, purgatorio, infierno, sheol, gehenna, seno de Abraham, limbo de los niños, limbo de los justos, etc; y además no te aclaraban qué diferencia hay entre el juicio particular y el juicio final, ni si cabríamos todos en la llanura de Josafat en el momento de la resurrección. Ahora podemos ver estas cuestiones con un poco más de claridad gracias al inestimable trabajo de Clarence Larkin, quien durante los años de la Primera Guerra Mundial se dedicó a trazar la cartografía de las postrimerías cristianas, y cuyo descubrimiento debo agradecer a Sublibrarian. A título de ejemplo, aquí se puede ver una de sus cartas.

A finales del siglo XV, el primer gramático de la lengua castellana, Nebrija, dijo aquello de "La lengua es el instrumento del Imperio". Pero su propia época vio el nacimiento del verdadero instrumento del imperio: la cartografía. Barcos, brújulas, mapas, compases, astrolabios y relojes eran las verdaderas herramientas con las que descubrir y conquistar el mundo. Trazar paralelos y meridianos, medir latitudes y longitudes, diseñar y fabricar relojes exactos, calcular órbitas y posiciones de los astros... Se elaboró la mecánica celeste, se construyeron observatorios astronómicos, se publicaron efemérides, se envió la flota a explorar y dibujar los perfiles de nuevos continentes. El almirantazgo británico consideraba sus propias cartas náuticas como un secreto de Estado y era una operación de máxima seguridad dotar de copias a los barcos de su flota sin que se produjeran filtraciones.

Aquella gente sabía adónde iba. Trazaban mapas de los lugares que querían conquistar. Observaban la estrella polar o la dirección de la aguja imantada en la brújula y deducían el camino a seguir para llegar a su objetivo. Calculaban, predecían y conquistaban. Decidieron que la historia tenía también su estrella del norte, que la aguja del tiempo señalaba también siempre en una misma dirección, hacia el gradiente de máxima acumulación, acumulación de conocimientos, de riqueza, de poder, de expansión. No sólo habían dibujado los contornos del mundo para apoderarse de él, también habían diseñado cómo serían los tiempos futuros, como si de nuevo tuviéramos el don de la profecía para predecir (y producir) el porvenir, cosa que no sucedía desde la época de los profetas de Israel, como sagazmente nos describe una vez más el genial Clarence Larkin en esta lámina.

Actualmente vivimos en una aparente paradoja. Tenemos la sensación de permanecer paralizados en una interminable calma chicha pero, al mismo tiempo, la inminencia del naufragio nos acecha de continuo. El barco no se mueve de su sitio, pero parece siempre a punto de encallar en arrecifes y abrírsele vías de agua. Una curiosa mezcla de leve brisa y de mar gruesa. Ignoramos cuál es el rumbo que ha marcado el capitán de la nave, ignoramos si ha trazado algún rumbo, ignoramos si hay capitán siquiera en el castillo de popa para indicar al oficial de derrota qué ruta debe trazar sobre el mapa. Sospecho que han cambiado los instrumentos de navegación, y que en lugar de una brújula que señale siempre el norte magnético, ahora usan una brújula enloquecida, una brújula sin indicaciones, cuya aguja señala contínuamente en la dirección, cambiante e imprevisible, de la catástrofe inminente. Los navegantes se limitan a esquivar continuamente esa dirección, a desviar el rumbo en el último momento para aplazar el naufragio, para conjurar los propios límites un día más y poder continuar una alocada carrera, a velocidad cada vez más rápida, por un insólito mar borrascoso y en calma a un tiempo. Es posible sentir a la vez tedio y vértigo mientras ves al piloto haciendo pequeños ajustes con el timón: un cuarto de punto arriba, un cuarto de punto abajo. No vamos a ninguna parte, pero vamos cada vez más deprisa. Y si preguntáramos a los pilotos si saben a dónde nos dirigen, si consultan algún oráculo para atisbar más allá del horizonte, no nos darían ninguna respuesta que fuera más inteligible que los textos del Manuscrito Voynich.

miércoles, 9 de abril de 2008

Mataron a Venancio Flores

Me decía el otro día una amiga que esto de la miscelánea es algo masculino, puesto que la memoria del hombre tiende a centrarse más en los detalles, fechas y datos, mientras que la mente femenina tiende a superarlos y es más proclive a la abstracción y la sistematización. Como se suponía que lo que estaba diciendo no era precisamente un elogio, intentó arreglarlo añadiendo que yo, en mi caso, había sabido hacer de la necesidad virtud sacándole provecho a mi capacidad cerebral para almacenar morralla.

No voy a entrar en la cuestión de la diferenciación sexual del cerebro, sino en otra más importante: la supuesta superioridad de los sistemas sobre los datos. Y es que siempre se ha supuesto que una buena logoteoría es más molona que un montón de hechos, y que si hay hechos que no encajan en el sistema, tanto peor para los hechos. Esto ya lo apuntaba de manera clara Borges en su cuento "Funes el memorioso". Funes era un chico postrado en la cama a causa de un accidente que, en su forzada inactividad, había descubierto que tenía una memoria prodigiosa: era capaz de recordarlo todo. No sólo el árbol que veía a través de su ventana, sino todas y cada una de las hojas, con todas y cada una de sus nervaduras, y era capaz de distinguir en su memoria las diferentes horas del día y los diferentes días en que había visto cada una de las hojas. Borges decía que Funes no pensaba, porque pensar consiste en olvidar los pequeños detalles, en abstraer propiedades comunes a todos ellos y enunciar una proposición o elaborar una teoría.

De teorías y grandes discursos andamos bien servidos. Desde hace siglos. Grandes relatos que creen poder explicarlo todo y que se basan sólo en seleccionar aquellos datos que interesan e ignorar por irrelevantes los que no encajan. Como hace todo estudiante de química o de física a la hora de elaborar una gráfica con los datos obtenidos en una práctica de laboratorio: modifica los decimales obtenidos en las medidas para que los puntos representados formen una línea lo más recta posible. Y es que sucede a menudo que, cuando uno elabora una teoría, ya sabe de antemano a dónde quiere ir a parar, y tan sólo es un recurso literario disfrazar su exposición con la forma de una aparente investigación.

Ahora tengo entre mis manos las amarillentas páginas del "Curso de materialismo histórico" del académico Konstantinov, de la Academia de Ciencias Sociales de la URSS. Este libro, decía él, contiene los principios más generales de la ciencia social verdadera, y explica las leyes objetivas del desarrollo histórico. Parece ser que no debíamos hacer una revolución porque lo deseáramos, sino porque así dábamos cumplimiento a la ineludible flecha del progreso histórico (exceptuando China y otras sociedades hidráulicas de poca monta que no encajaban en el esquema). Introduciendo algo de formalismo matemático se podía pasar fácilmente de los libros de Konstantinov a la psicohistoria de Hari Seldon (imaginada por Asimov en la misma época en que Konstantinov se imaginaba lo suyo), y ver una suerte de continuidad, prácticamente de necesidad, entre las formaciones sociales del siglo XX y las del Imperio Galáctico descrito en el ciclo de novelas de "Las fundaciones".

Ah, pero dejemos ya tanta cháchara y volvamos a complacernos con el dato curioso y olvidado. Ni todo el materialismo histórico de Konstantinov ni toda la imaginaria psicohistoria de Asimov podrían haber explicado lo de Venancio Flores (personaje de la lámina adjunta). Uruguayo como Funes el memorioso, Venancio Flores fue militar y presidente del país. Murió asesinado y el entonces presidente del Uruguay ordenó enviar a sus seguidores el siguiente telegrama: "Mataron a nuestro querido general Venancio Flores: reúna a la gente y vénganse". Pero un telegrafista, al transcribir el código morse en una nota manuscrita, cometió un pequeño error ortográfico, y la nota pasó a decir "Mataron a nuestro querido general Venancio Flores: reúna a la gente y vénguense". A consecuencia de dos letras mal escritas o mal leídas, se desencadenó un baño de sangre y venganza en el país.

viernes, 28 de marzo de 2008

Actores encasillados en el papel

Marcial Lafuente Estefanía fue un escritor de novelas del Oeste, género que estuvo de moda entre cierta gente hace muchos años. Debió escribir centenares o tal vez miles de novelitas cortas porque su editorial publicaba una nueva cada semana. Durante cierta enfermedad que me forzó a guardar cama, mi padre pidió prestadas unas cuantas a un vecino que las coleccionaba para que me distrajera leyendo. Tras leer diez o quince me di cuenta de que casi todas eran variaciones de un argumento básico: llega un forastero, alto, silencioso, con cierto pasado trágico, ducho con el revólver, sobre un caballo fiel, hombre pacífico pero duro. El lugar está dominado por un terrateniente y sus bravucones matones que atemorizan a la gente de bien, sheriff incluído. Nuestro hombre resuelve el tema a tiro limpio (siempre en defensa propia), libera el pueblo, se casa con la chica bonita que ha conocido y se establece en un rancho a criar hijos el resto de sus días. Me asombraba mucho que mi vecino comprase una novela nueva en el kiosko cada semana, y que las coleccionara en su biblioteca, porque casi todas eran variaciones del mismo argumento: a veces el sheriff estaba comprado en vez de asustado, a veces el pasado trágico del héroe era la cárcel en vez de ser veterano de la Confederación. Pero detalles aparte, todo era previsible y repetido de una semana para la otra.

No me consta que ninguna de estas novelas se adaptara al cine, pero siempre me imaginaba al protagonista con los rasgos de John Wayne, el prototipo de actor encasillado en el papel, al cual siempre recordaremos como eterno vaquero del Oeste, hombre duro pero noble. Para mí estaba doblemente encasillado, porque además de interpretar las películas que hizo, en mi imaginación interpretaba también aquellas novelas, en las que no sólo el actor era siempre el mismo, sino que también el guión era repetido, coma más coma menos.

Ahora que han pasado los años, agradezco tanto a Estefanía como a Wayne la gran lección que me dieron. Uno interpretaba siempre el mismo personaje, el otro escribía siempre la misma historia. Como la vida misma. Gracias a ellos aprendí que todos los días de mi existencia serían casi siempre iguales, y que, por mucho que quisiera reinventarme, siempre estaría encasillado en el mismo papel. El primer día que llegué al destino definitivo que ocupo en mi trabajo y contemplé el despacho y el paisaje al otro lado de la ventana, me dije a mí mismo: "aquí voy a envejecer, viendo y haciendo cada día las mismas cosas". Y es que el guión de cada día parece escrito por Estefanía, porque siempre consiste en ligeras variaciones de un mismo argumento: madrugar, trabajar, esperar el fin de semana, las vacaciones, otra vez lunes, otra vez madrugar, trabajar, madrugar, trabajar, etc. Y así un año y otro también. Actor encasillado en un papel, y el guión siempre igual, igual, igual. Esta repetición continua del mismo papel y de la misma historia es la verdad de nuestras vidas, y es la verdad que se oculta detrás de la cara del poder: que no se fundamenta en nada que no sea la reproducción continua y siempre igual de nuestras vidas. Como diría un juez, de alguna manera somos colaboradores necesarios en este delito que el poder perpetra con nuestras vidas.

Cansado ya de estar encasillado en el papel, uno desea reinventarse a sí mismo, escribir un guión diferente, romper la baraja. Como la huelga que hicieron los guionistas de Hollywood, que paralizó los rodajes, uno desearía hacer una huelga de realidad que interrumpiese la reproducción de lo cotidiano. Sí, algún día deberemos hacer esta huelga, enviarnos sms diciendo "mañana no vayas a trabajar, ¡pásalo!". Dejar los platós vacíos y visibilizar cuáles son los fundamentos del poder: nada.