viernes, 18 de abril de 2008

Cartas de navegación



Los antiguos egipcios fueron los primeros hombres en producir cartas de navegación sofisticadas, el conocido por nosotros como "Libro de los Muertos" (su título original era "Libro para salir al día"). Todo muerto que se lo pudiera permitir se enterraba con un ejemplar, pues era la guía imprescindible para orientarse en el país de ultratumba, con una descripción completa de lo que uno se encontraría por allí y consejos con las acciones a emprender en cada etapa para poder completar el viaje hacia el paraíso.

Es una lástima que el cristianismo no tenga un equivalente al Libro de los Muertos. Su existencia hubiera simplificado mi niñez cuando estudiaba religión en la escuela y había que aprender a distinguir cielo, purgatorio, infierno, sheol, gehenna, seno de Abraham, limbo de los niños, limbo de los justos, etc; y además no te aclaraban qué diferencia hay entre el juicio particular y el juicio final, ni si cabríamos todos en la llanura de Josafat en el momento de la resurrección. Ahora podemos ver estas cuestiones con un poco más de claridad gracias al inestimable trabajo de Clarence Larkin, quien durante los años de la Primera Guerra Mundial se dedicó a trazar la cartografía de las postrimerías cristianas, y cuyo descubrimiento debo agradecer a Sublibrarian. A título de ejemplo, aquí se puede ver una de sus cartas.

A finales del siglo XV, el primer gramático de la lengua castellana, Nebrija, dijo aquello de "La lengua es el instrumento del Imperio". Pero su propia época vio el nacimiento del verdadero instrumento del imperio: la cartografía. Barcos, brújulas, mapas, compases, astrolabios y relojes eran las verdaderas herramientas con las que descubrir y conquistar el mundo. Trazar paralelos y meridianos, medir latitudes y longitudes, diseñar y fabricar relojes exactos, calcular órbitas y posiciones de los astros... Se elaboró la mecánica celeste, se construyeron observatorios astronómicos, se publicaron efemérides, se envió la flota a explorar y dibujar los perfiles de nuevos continentes. El almirantazgo británico consideraba sus propias cartas náuticas como un secreto de Estado y era una operación de máxima seguridad dotar de copias a los barcos de su flota sin que se produjeran filtraciones.

Aquella gente sabía adónde iba. Trazaban mapas de los lugares que querían conquistar. Observaban la estrella polar o la dirección de la aguja imantada en la brújula y deducían el camino a seguir para llegar a su objetivo. Calculaban, predecían y conquistaban. Decidieron que la historia tenía también su estrella del norte, que la aguja del tiempo señalaba también siempre en una misma dirección, hacia el gradiente de máxima acumulación, acumulación de conocimientos, de riqueza, de poder, de expansión. No sólo habían dibujado los contornos del mundo para apoderarse de él, también habían diseñado cómo serían los tiempos futuros, como si de nuevo tuviéramos el don de la profecía para predecir (y producir) el porvenir, cosa que no sucedía desde la época de los profetas de Israel, como sagazmente nos describe una vez más el genial Clarence Larkin en esta lámina.

Actualmente vivimos en una aparente paradoja. Tenemos la sensación de permanecer paralizados en una interminable calma chicha pero, al mismo tiempo, la inminencia del naufragio nos acecha de continuo. El barco no se mueve de su sitio, pero parece siempre a punto de encallar en arrecifes y abrírsele vías de agua. Una curiosa mezcla de leve brisa y de mar gruesa. Ignoramos cuál es el rumbo que ha marcado el capitán de la nave, ignoramos si ha trazado algún rumbo, ignoramos si hay capitán siquiera en el castillo de popa para indicar al oficial de derrota qué ruta debe trazar sobre el mapa. Sospecho que han cambiado los instrumentos de navegación, y que en lugar de una brújula que señale siempre el norte magnético, ahora usan una brújula enloquecida, una brújula sin indicaciones, cuya aguja señala contínuamente en la dirección, cambiante e imprevisible, de la catástrofe inminente. Los navegantes se limitan a esquivar continuamente esa dirección, a desviar el rumbo en el último momento para aplazar el naufragio, para conjurar los propios límites un día más y poder continuar una alocada carrera, a velocidad cada vez más rápida, por un insólito mar borrascoso y en calma a un tiempo. Es posible sentir a la vez tedio y vértigo mientras ves al piloto haciendo pequeños ajustes con el timón: un cuarto de punto arriba, un cuarto de punto abajo. No vamos a ninguna parte, pero vamos cada vez más deprisa. Y si preguntáramos a los pilotos si saben a dónde nos dirigen, si consultan algún oráculo para atisbar más allá del horizonte, no nos darían ninguna respuesta que fuera más inteligible que los textos del Manuscrito Voynich.

4 comentarios:

Carles Alonso dijo...

Nuestro barco siempre se dirige hacia el mismo punto: expansión, eso que llaman progreso y, cómo no, el poder. Las nuevas tecnologías parecen ser uno de los nuevos puntos del mapa al que seguir llevando a nuestra locomotora de quimera, con el fin de hacer al resto del mundo dependientes de nuestra oh! "gran sabiduría". El proyecto One laptop per children lo demostró claramente: hay que sumergir al tercer mundo en nuestro mundo tecnocráticamente impoluto. Así no podrán abrir los ojos y ver la realidad que les espera (la que tienen desde que conocieron al hombre blanco), para que sigan siendo pobres, desprovistos de poder, y nosotros ricos y poderosos. Por suerte, esta tiranía no será para siempre y algún día, el hombre rico, blanco y poderoso dejará de serlo.

elena dijo...

Alguna carta de navegacion le hubiera venido bien a este cura volador: un cura se ata un millar de globos para volar y predicar la fe desde los cielos, total que se lo ha llevao una volada de aire, miren...

http://www.publico.es/internacional/073616/fuerza/aerea/brasilena/encuentra/parte/globos/cura/volador

Marta dijo...

Buenas!
Soy Marta, estudiante de Periodismo. Necesitaría su permiso para utilizar la imagen de la carta de navegación publicada en su blog, para meterla en un trabajo.
Espero su respuesta, muchas gracias. Un saludo

Mundo Espejo dijo...

no necesitas mi permiso, esa imagen la he tomado de algún lugar que no recuerdo, igual que la he cogido yo, la puedes coger tú.