miércoles, 12 de noviembre de 2008

El escritor


El escritor se sienta ante su mesa, conecta el ordenador y se dispone a trabajar. Nuestro hombre se gana la vida escribiendo cualquier cosa que le encarguen, y ahora mismo el encargo es una guía de viajes. Se supone que el escritor ha viajado hasta el país en cuestión y conoce de primera mano lo que cuenta, ha comido en los restaurantes que recomienda y ha dormido en los hoteles seleccionados por la guía. Pero no es así. Para empezar, él ni es viajero ni, desde luego, está especializado en este tipo de obras. De hecho, esta sería su primera guía. Aceptó el encargo porque ya se acabó la enciclopedia en la que estaba colaborando y no le ha salido nada mejor. Naturalmente ha recibido un adelanto a cuenta del viaje que se supone debe realizar para documentarse, y se supone que ha estado ya varias veces en ese país, cosa sobre la que ha mentido. El dinero para el viaje ha preferido emplearlo en pagar deudas y aquí lo tenemos ante el reto de describir los paisajes, monumentos e itinerarios turísticos de un lugar en el que nunca ha estado.
La primera parte del trabajo consiste en recopilar todas las guías ya publicadas sobre ese país y leérselas. No necesariamente para copiarlas, que también, sino para conocer el país y saber de qué debe hablar. Más o menos, todas las guías contarán lo mismo. Digamos, como ejemplo, que todas las guías de París deben incluir un capítulo dedicado al Louvre y todas las guías de Irlanda hablarán del castillo de Dublín. El siguiente paso será complementar esta información con lo que pueda encontrar por la red. Wikipedia, buscadores, páginas oficiales de turismo del sitio a visitar, webs de museos con los horarios, etc. Las ilustraciones del libro también se pueden obtener de la red, para eso está flicker, y el tema más delicado de todos, la información actualizada sobre hoteles y restaurantes, no ofrece excesiva dificultad desde que existen foros donde los viajeros dejan sus opiniones sobre los establecimientos que han visitado. En todo caso, un mail o una llamada telefónica permiten actualizar la información. Básicamente lo que hace nuestro escritor es planificar el viaje que le gustaría hacer con la información recopilada y luego imaginarse que lo ha hecho y explicarlo. Incluso llega a recorrer el país virtualmente a través de Google Earth, y se dice que, aunque no lo ha pisado, se ha pasado horas recorriéndolo con la vista, y que si bien no ha entrado en tal museo, conoce a la perfección cómo se ve su tejado fotografiado por satélite.
La editorial le ha indicado que debe incluir alguna pequeña información falsa de manera adrede, para comprobar posteriormente si la guía es copiada por otra editorial. Esto ya lo debía hacer cuando colaboraba en la redacción de la enciclopedia. Si debes escribir una, ¿qué más fácil que copiar otra ya hecha y limitarse a actualizarla? Para detectar estas posibles copias, las editoriales introducen detalles falsos en algunos artículos, o toda una entrada ficticia. Pongamos que nos inventamos el término falguerillo, pájaro endémico del archipiélago de las Salvajes, unos islotes deshabitados entre Madeira y las Canarias. Si alguna enciclopedia del futuro incluye la entrada falguerillo, sabremos que han copiado la nuestra y podremos demandarles. Pues bien, de manera análoga, hay que inventarse alguna pequeña falsedad, nada que pueda ocasionar un perjuicio al viajero, en nuestra guía. Pongamos que, al lado de la Pinacoteca Nacional, existe una pequeña iglesia dedicada a San Antonio con un pórtico de cierto interés artístico, cuya fotografía incluimos (y que corresponde a cualquier otro sitio). Y si en el futuro otra guía de la competencia recomendara al viajero que, al salir de la Pinacoteca Nacional, aprovechara para visitar la vecina iglesia de San Antonio, sabríamos dos cosas: que se han copiado la guía y que su autor jamás estuvo en esa iglesia porque, aunque hubiese querido, le hubiera resultado imposible, no existe. Y serían demandados, claro.

Por la tarde, nuestro escritor nuevamente ante el ordenador. Ahora no se trata de la guía, las tardes las dedica a su verdadera vocación como escritor. Todo comenzó un par de años atrás, cuando se puso a releer algunas novelas de su adolescencia. Fue a los catorce años cuando las leyó por primera vez. Narraciones de ciencia ficción que componían un grandioso friso de la historia futura de la humanidad. Se había sentido sobrecogido ante la grandiosidad del Imperio Galáctico, ante los paisajes imaginados de su planeta capital, había visto brillar sus naves de combate... Pero, años después, al volver a leerlas, entendió porqué aquellas novelas sólo triunfaban entre adolescentes. Otro autor, otro más, que desaprovechaba buenas ideas. Tantos escritores con una imaginación fecunda, con una capacidad tan grande de imaginar mundos, misterios, aventuras.... y con una expresión tan pobre. No podía ser que toda aquella fantasía que le había hecho soñar fuera literatura mediocre. No se resignaba a que la buena literatura le aburriese y la historias interesantes aparecieran descoloridas y planas por culpa de un escritor medianamente dotado. Quería volver a sentir la magia de aquellas historias, volver a sumergirse en aquellos mundos, pero como no podía volver a tener catorce años, entonces haría que aquellas novelas crecieran también y se hicieran adultas como lo había hecho él. Las reescribiría. Contaría la misma historia, con los mismos hechos y personajes; pero éstos serían individuos más problemáticos, conflictivos, llenos de matices, con secretos, moralmente ambivalentes. Y los paisajes, y los edificios, y las naves surcando el espacio, todo ello aparecería ante los ojos con todas las metáforas necesarias.
Y a eso dedica nuestro escritor sus tardes, a mejorar las novelas que le hicieron soñar en su adolescencia. No cambia nada del argumento, no quita ni añade personajes, pero lo cuenta todo mucho mejor. Los paisajes pueden verse, hay párrafos enteros que describen los escenarios, párrafos enteros dedicados al pensamiento de los protagonistas, capítulos nuevos que añaden perspectiva, contexto, riqueza....
Pero nunca las podrá publicar. Serán siempre un placer oculto. No está previsto que te encuentres en una librería con la novela X del autor Y mejorada por el escritor Z. Nuestro escritor sabe que hay pintores que han hecho sus propias versiones de otros cuadros, meninas cubistas, por ejemplo. Nuestro escritor sabe que hay programadores que mejoran el código escrito por otros programadores. Nuestro escritor sabe que hay científicos que mejoran y complementan las teorías que establecieron otros. Y así Hawking y Penrose teorizaron sobre el principio y el final del Universo porque Einstein fue el autor de la Teoría de la Relatividad, pero no el propietario, y no tuvieron que pedirle permiso a él o a sus herederos para usar sus ecuaciones. ¿Por qué entonces, él no puede hacer lo mismo, lo que sabe, lo que le apasiona? Mejorar novelas.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Victoria Camps reescribe el Neuromante


Se han cumplido diez años de la publicación del "Manual de civismo" a cargo de Victoria Camps y Salvador Giner, catedráticos en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad de Barcelona, respectivamente. Ella de Filosofía Moral y Política, él de Sociología. Para que ustedes se hagan una idea de los conceptos vertidos en el libro, paso a copiar parte de la reseña que aparecía en la contraportada: "El civismo es una actitud esencial para la buena convivencia entre las personas. También lo es para la vida pública. Este manual explora la anatomía de la conducta cívica y descubre cómo sólo mediante ésta es posible una sociedad amable, participativa, solidaria y capaz de enfrentarse al intenso cambio social de nuestra época, así como a las incertidumbres que nos atenazan". Además de estas ideas, el libro habla sobre responsabilidad, pagar impuestos, cumplir honrada y efizcamente en el trabajo, obedecer las leyes, etc. El libro apareció en esa época que va entre las Olimpiadas del 92 y el Forum del 2004, es decir, entre el nacimiento y la muerte (fecha más, fecha menos) del modelo Barcelona. Servía para reforzar el concepto de civismo que difundía el ayuntamiento en aquella época: una intensa campaña de adoctrinamiento para fabricar al buen ciudadano: dócil, entusiasmado con las políticas institucionales, acrítico, participativo (en cosas tales como carreras deportivas o maratones contra el melanoma). Y se adelantaba varios años a la culminación de esa política en la promulgación del reglamento del civismo, que intenta "estimular" al buen ciudadano dócil-acrítico-participativo-entusiasmado a base de multas. En su momento me asombraba cómo los autores proponían la construcción de una sociedad amable y simpática a base de obedecer las leyes, cumplir en el trabajo, no arrojar papeles al suelo y no decir palabrotas. Ignorando la realidad distópica del mundo, ignorando la guerra global del poder contra todos para mantener un sistema de desigualdad y tristeza, los autores se entretenían en divagar sobre una sociedad de dibujitos animados que parecía salida más bien de la factoría Disney que de las mentes de sesudos catedráticos. Todo un ejercicio de bromuro ideológico en el sentido más marxiano del término: falsa imagen de la realidad para disimular las relaciones de poder.
En la época en que leí el "Manual de civismo" tenía reciente la lectura del Neuromante, de William Gibson, y me propuse un pequeño ejercicio literario: ¿cómo sería el mundo ciberpunk visto con los ojos de alguien que se creyera ese manual de civismo? Fue así como surgió "Victoria Camps reescribe el Neuromante". Creo que es un buen momento para releerlo.

Victoria Camps reescribe el Neuromante

Cada mañana me despierta puntual el reloj. En la oscuridad percibo sus dígitos indicando la hora y el coste del sueño de la noche. Me levanto para dirigirme al baño y realizar la rutina de todos los despertares. Ante el espejo me miro, considerando si no empiezo a quedarme desfasado ante la moda que se impuso hace tres semanas: cierre craneal translúcido. Todo el mundo en mi trabajo va siempre impecablemente a la última moda en lo que se refiere a los cierres craneales. No hacerlo así podría significar una severa amonestación por parte del jefe, tolerante con muchas cosas, pero jamás con la falta de entusiasmo y adhesión que representa un descuido semejante en la continua puesta a punto de su equipo de trabajadores. Hace un mes todos llevábamos cierres craneales cromados, relucientes. Ahora todos son de plástico translúcido, de diferentes colores, imitando los huesos extirpados del cráneo, dejando entrever el cerebro y los implantes. Los que pueden, presumen así de que sus implantes son los más caros del mercado, el último hardware, el más potente, el que permite ejecutar el software más sofisticado, aquél que se conecta mejor con las sinapsis de las neuronas y optimiza tus recursos mentales. En la cocina me encuentro ya con el desayuno preparado y servido. El programa que gobierna los electrodomésticos está coordinado con el reloj despertador. Menú cuidadosamente elegido, equilibrio nutricional perfecto, ni una caloría de más. Una ligera obesidad es motivo automático de despido según marca el convenio firmado por los sindicatos. Me apresuro comiendo, no quiero llegar tarde a la reunión. Tres días por semana nos reunimos todos los del equipo para poner en común nuestras ideas. El teletrabajo se reserva para las vacaciones y los días festivos. En una empresa de tanto prestigio como la mía, es imprescindible la presencia personal, única manera de comprobar que todo marcha bien, que el equipo es inmejorable, que nuestra entrega a los objetivos de la empresa es total e incondicional. En el coche, camino de la oficina, mientras el piloto automático conduce a través de las autopistas, conecto la terminal del ordenador. Debería repasar el orden del día de la inminente reunión, pero no puedo evitar el deseo de repasar el estado de mis finanzas. Esta noche he soñado con la actriz del momento, una rubia impresionante que ha conseguido estar en cartelera durante una semana seguida. Mis implantes cerebrales han detectado automáticamente el uso de la imagen de la actriz en el sueño, imagen cuyos derechos pertenecen a una prestigiosa productora cinematográfica. La señal inalámbrica emitida por el implante telefónico ha llegado a la central de la sociedad de autores, junto con mi número de identidad. La sociedad de autores, en nombre de la productora, ha descontado de mi cuenta corriente el dinero correspondiente al tiempo soñado con la actriz. Mi afición por las actrices famosas podría terminar arruinándome. Se dice que las productoras ganan más dinero en concepto de derechos de imagen onírica que no por cualquier otra categoría. Es imposible que desconecte mis implantes, la empresa me despediría y quedaría automáticamente relegado a un mundo gris y precario, sin trabajo estable. Sólamente los cableados podemos pertenecer a la élite de los nuevos trabajadores. También podría comprar software para inhibir los sueños con imágenes bajo propiedad intelectual, pero esto me limitaría a soñar con gente vulgar en ambientes anónimos. Repasando las facturas de esta noche veo que no sólo me ha cobrado la productora, también el hotel Arts me ha descontado dinero. Claro, hace varias semanas tuve una comida de trabajo en el restaurante del hotel. En el sueño llevaba a cenar a la actriz al mismo restaurante, por lo que el hotel me ha cobrado en concepto de uso virtual de sus instalaciones. Tendría que explicarle todo esto al psicólogo de la empresa y comenzar un tratamiento, pero seguro que me cuesta una represalia en cuanto el psicólogo pase el informe a mis jefes: si sueño tanto con personajes y ambientes propietarios, la culpa es mía: una lamentable falta de imaginación por mi parte, una incompetencia laboral, ésto de no ser capaz de elaborar ambientes oníricos libres de patentes.

Soy el primero en llegar a la sala de reuniones. En el vestíbulo he saludado a la secretaria que está hoy de turno. Fue muy aburrida la noche que pasé con ella, pero me hizo ganar varios puntos en la consideración de los compañeros. Todos los del equipo tenemos la obligación de montarnos algún que otro lío entre nosotros de vez en cuando, nada serio, una relación breve, que puede ir desde una sola noche hasta varias semanas. No hay ninguna regla escrita que diga que tiene que ser así, pero aquí las reglas importantes no están escritas, se sobreentienden de puro obvias. Tener breves romances entre nosotros ayuda a construir un buen espíritu de grupo. Esto es lo que hay. Fernández no lo entendió así y fue fulminantemente despedido. Cierto es que nadie se lo había dicho, pero es que ¿acaso hacía falta? Lo cierto es que, cuando confesó ante el psicólogo, a las dos semanas de haber sido contratado, que aún era virgen, se convocó una reunión de urgencia del equipo y votamos por unanimidad su inmediato despido. Aún no me explico cómo había logrado superar las pruebas de acceso con semejante incompetencia. La virginidad era la prueba palmaria de su total inadecuación para el trabajo. ¿Cómo podía hacer ganar dinero a esta empresa si no era capaz de venderse a sí mismo? Ya ha llegado todo el mundo a la sala de reuniones. El coordinador general la preside bajo el logotipo de nuestra empresa: Iniciativa para el Progreso. Orden del día: se aproximan las elecciones en el distrito IX y debemos hacer todo lo posible para arrebatar a la competencia la contrata electoral de gestión de los próximos 6 meses. Informe preliminar de la situación. Lluvia de ideas. Más bien, diluvio. El que se quede callado demuestra que ya no sirve para nada aquí. Y tengo mi gran éxito desde que salí con la secretaria: se acepta mi propuesta de cartel electoral. Consistirá en una vista aérea y nocturna de la ciudad antes y después de nuestra gestión. Antes: la iluminación nocturna del distrito IX está por debajo de la media de la ciudad. Después, el distrito refulge, brilla de manera enloquecedora en la noche. Grandes centros comerciales al aire libre con potentes focos y publicidad de hologramas gigantes. Esta será nuestra oferta para el distrito. Cuando consigamos aumentar la cantidad de clientes que el barrio atrae aumentará el ingreso por peaje en sus calles. Entonces podremos contratar a las más caras empresas de seguridad para que vigilen toda la zona, y con más y mejor seguridad podrán aumentar los precios de las viviendas y atraer un vecindario de mayor cualificación. El distrito saldrá beneficiado. Esta será nuestra oferta a los electores. Y el lema del cartel: "Ayúdanos a construirlo, tú puedes".

Esta noche me toca guardia en las oficinas centrales de la empresa. No cerramos nunca, nuestro servicio al cliente es permanente. En la agenda de tareas para esta noche, las dos actividades cotidianas: vigilancia y formación. Observación de todo lo que sucede, optimización continua de los recursos y conocimientos. En la consola se despliega un menú con las diversas lecturas para esta noche. Tras cada lectura, el correspondiente cuestionario para demostrar que se ha leído y asimilado el informe. Imposible leer en un solo turno todo lo que se propone cada vez. Se espera de nosotros que hagamos una selección de lo que nos parezca más adecuado. Ninguna indicación de prioridades a la hora de seleccionar las diversas lecturas posibles dentro del menú. Pero no da igual lo que se escoja, el ordenador anota y reporta cuáles han sido los dossieres estudiados. A veces se hace muy difícil adivinar cuál es la buena elección. Interrumpo la lectura para el boletín de noticias: se ha producido un atentado terrorista. Una detonación de silencio, una explosión de oscuridad. Todo un distrito de la ciudad, que debería brillar como una nebulosa incandescente en la noche, ha quedado a oscuras. No se trata de un simple apagón. Es un fallo general de todos los sistemas. Las calles, abarrotadas con los turistas del turno de noche, quedan inservibles. Al no funcionar los peajes automáticos, los visitantes pueden pasear por las calles sin que quede constancia del servicio que han consumido. Los residentes, durmiendo en sus apartamentos, podrán soñar toda suerte de perversiones sin que la Agencia de Protección de la Propiedad Intelectual llegue a conocer nunca lo que pasó por sus mentes. Los economistas ya realizan cálculos y elaboran informes de prensa con las cuantiosas pérdidas que habrá esta noche. Al cabo de diez minutos se restablecen todos los sistemas. ¡Diez minutos! La bolsa registra automáticamente la cotización a la baja de las principales empresas con inversiones en el sector. Los teléfonos echan humo, las cabezas ruedan. Tratando de minimizar pérdidas, aparecen por televisión los directivos de la empresa de seguridad que gestiona el distrito afectado. Leen el comunicado donde los terroristas reivindican la acción. Se trata de la organización ¡Policía Ya!, un trasnochado grupúsculo de iluminados que reivindican la presencia policial en las calles de las ciudades. Se quejan de que la tranquilidad sale muy cara a la mayoría de los ciudadanos, incapaces de suscribir los cuantiosos contratos que negocian las asociaciones de vecinos con las empresas de seguridad. Actúo con rapidez y me pongo en contacto inmediatamente con nuestro topo en la empresa atacada. El pobre hombre habla atropelladamente. Me explica que la situación es más grave de lo que parece. No se trata del grupo ¡Policía Ya!, viejos conocidos de todos nosotros. No. La cosa es mucho más grave: ¡nadie ha asumido el atentado! Conscientes de lo peligrosos que son los atentados anónimos, de lo desorientador que resulta para los consumidores, y del mal ejemplo que resultaría, se han apresurado a improvisar una reivindicación. En las redacciones de los periódicos, los columnistas piden la movilización ciudadana contra el grupo ¡Policía Ya!. En las calles, usuarios y clientes protestan a voces. Comunicados de repulsa. Los líderes encarcelados de ¡Policía Ya! son apaleados en sus celdas por los presos comunes. Para mañana se ha convocado una manifestación y una misa por las víctimas del terrorismo. Los medios de comunicación no informan del lugar ni de la hora de la manifestación, se quiere que sea espontánea. La misa se realizará según el rito multicultural. El mejor comunicado de repulsa ha sido elaborado por la ONG "Civismo en Acción", una de nuestras filiales. Civismo en Acción capta voluntarios para vigilar los pasillos y vagones del metro. Estudiantes, parados, amas de casa y jubilados forman el grueso de sus filas. Todos ellos gente muy concienciada por los derechos cívicos y la calidad de vida en nuestra ciudad. Su labor es impagable. Informan a los viajeros despistados; imponen silencio a los grupos más ruidosos; reprenden a los fumadores; consiguen asientos para los ancianos y los enfermos; acechan a los mendigos que intentan pedir en los vagones o dormir en algún banco en las estaciones. Y, por supuesto, vigilan que nadie se cuele. Son muy efectivos, pues cada voluntario no limita su acción a los turnos que tiene asignados, sino que aprovecha cualquier desplazamiento que realiza por motivos particulares (trabajo, estudio, ocio) para estar atento a servir al ciudadano. El grupo recibe el 0.7 % del importe de la recaudación (multas incluidas). Con este dinero impulsan diversos proyectos en el campo de la ecología y la protección del medio ambiente. Uno de ellos es especialmente simpático y consiste en recoger los perros abandonados durante el verano por los desaprensivos e insolidarios ciudadanos a los que resulta una molestia llevárselos en las vacaciones. Algunos de estos perros son adoptados por los voluntarios mismos, para los cuales son de gran ayuda a la hora de patrullar las líneas de metro más periféricas y peligrosas. Pero su gran gesta ha sido este año el traslado masivo del pueblo cabuche. Unos pocos cientos de personas que vivían aisladas en una remota comarca de la Amazonía ecuatoriana. Una conocida hidroeléctrica iba a construir una presa que inundaría casi todas las tierras de los cabuches. Estos pobres indígenas deberían enfrentarse a una avalancha de inmigrantes que, aunque no lo quisieran, acabarían con su lengua y cultura ancestrales. "Civismo en Acción" consideró que era intolerable esta pérdida de diversidad cultural que se produciría por el contacto de los cabuches con otras lenguas y maneras de vivir. Algunos radicales estaban manipulando a los pacíficos cabuches, intentado ponerlos en contra de la presa y alentándolos para que cometieran actos violentos contra las obras. Conscientes de la importancia que tienen los valores de la paz y la diversidad cultural, "Civismo en Acción" comenzó una campaña solidaria de recogida de fondos para trasladar en masa a todos los cabuches hasta un nuevo emplazamiento donado generosamente por un terrateniente de la zona. Como pequeña contrapartida, éste sólo ha pedido instalar una webcam en el poblado cabuche y poder explotar los derechos de imagen. Hubo alguna reticencia por parte de algunos socios de "Civismo en Acción" al tema de la webcam, pero finalmente cedieron cuando recibieron garantías de que los indígenas no sabrían nada de la existencia de la webcam, por lo que su vida y cultura no se verían afectadas por su presencia. La presa está terminada y produce electricidad barata para los barrios pobres de Quito; los cabuches continúan en el Paleolítico para mayor beneficio de antropólogos y productoras de documentales etnográficos; se ha evitado el terrorismo. En la universidad, se ha impartido un curso sobre resolución pacífica de conflictos proponiendo el caso cabuche como paradigma de solidaridad activa y eficaz. Este es el tipo de ciudadanos que necesita este país, gente activa, solidaria, emprendedora, capaces de promover soluciones efectivas a los problemas sociales. Pues de eso se trata, de no convertirse en un problema para la sociedad, de aportar soluciones imaginativas.

Aclarado ya el tema del atentado, puedo volver a concentrarme en las noticias que van llegando: cierra la universidad de Asunción (Paraguay), las islas Maldivas desaparecen definitivamente bajo el océano por el efecto invernadero con miles de personas a la deriva en frágiles embarcaciones que ningún país quiere acoger, el Papa excomulga a los ciborgs. De todas, la más interesante es la de la universidad paraguaya. Estudio a fondo la noticia para incluirla en el informe diario de incidencias. Los estudiantes de carreras científico-técnicas de Paraguay no podían pagar los derechos de propiedad intelectual de las materias estudiadas. En los primeros cursos no había ningún problema, ni el teorema de Pitágoras ni las leyes de Newton están protegidas por patentes, pero al llegar a los últimos cursos de carrera y al doctorado, la situación comenzaba a resultar insostenible para los débiles bolsillos de los estudiantes. Un simple ejercicio en la pizarra que debiera usar un par de teoremas patentados era ya un costoso sacrificio. Y los inspectores que vigilan contínuamente las clases no dejan pasar ni una. Además, aunque se tenga dinero para pagar los derechos de uso de ciertos teoremas, está la cuestión, que también nos afecta a nosotros, del permiso de exportación. Ciertas teorías imprescindibles en los últimos avances en telemática no pueden ser aplicadas fuera de Estados Unidos. Con la excusa de que tienen aplicaciones militares, por seguridad nacional, el gobierno usa ha prohibido su exportación. La unión europea protesta y, en un gesto más simbólico que real, amenaza con patentar la lengua inglesa. Sería inútil, el gobierno yanki presentaría estudios lingüísticos demostranto que el americano ya no es inglés y, por tanto, no está afectado por la patente. En nuestras propias universidades se dan comportamientos delictivos entre profesores y estudiantes. Para eludir el pago de las patentes hay un mercado negro de apuntes. Se hacen exámenes orales de manera semiclandestina para ocultar que se han tratado teorías propietarias. El gobierno ha indicado verbalmente a las diferentes empresas que gestionamos las ciudades que hagamos la vista gorda ante estos delitos pues, obviamente, al país le sale muy cara la continua importación de teorías científicas y nuestra propia producción es más bien escasa. Pero de vez en cuando hay que hacer algo de cara a los organismos internacionales de propiedad intelectual. Así que organizamos redadas en la universidad con detenciones masivas. Prestigiosos profesores son sorprendidos en los lavabos de las facultades intercambiando maletines con los alumnos. Detenciones, acusaciones de traficar con apuntes, juicios y multas, campus clausurados durante algunos días. Hay estudiantes radicales que realizan pintadas en las fachadas de las facultades. Las pintadas suelen consistir en fórmulas de Física o Matemáticas bajo copyright. Los rectores se apresuran a borrarlas antes de que las vean los inspectores, y en los consejos de estudiantes se pide moderación a estos saboteadores.

Ha terminado mi turno de guardia. Llevo 24 horas sin dormir y ante mí amanece un día libre. Hoy no tengo que trabajar, puedo marcharme por fin. De aquí a una hora tengo que estar en el aeropuerto para recibir a un viajero, una persona que se incorporará mañana a nuestro equipo. He pensado enseñarle la ciudad, llevarlo a comer, buscarle alojamiento provisonal y ponerlo al día en los asuntos más importantes de la empresa. Que se sitúe un poco antes de comenzar mañana a trabajar en serio. Hemos pensado que era mejor acogerlo de esta manera informal y espontánea. Pero antes de salir a buscarlo necesito despejarme un poco. Subo por el ascensor hasta la azotea del edificio y me quedo allí unos minutos contemplando el mar y la ciudad, disfrutando del aire fresco y esperando que salga el sol. Me trago varias pastillas para combatir el cansancio y la somnolencia. Poco a poco, los letreros luminosos de la noche se van apagando. En esta misma terraza, nuestro propio eslógan: "No seas un problema, ¡busca soluciones!"; dentro de poco propondré substituirlo por otro aún más simple y contundente: "¡Piensa!". En estos breves momentos, entre el apagado de las luces y la salida del sol, y más aún si el día está nublado, la ciudad presenta una vista insólita. Todo gris, sin colores, apagado. El cielo sobre el puerto tiene el color de un televisor sintonizado en un canal muerto; pero no importa, no importa porque las mentes están repletas de colores y nosotros sabemos cómo extraerlos y ponerlos a producir brillando más que mil soles.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Ballardiana


BALLARDIAN: (adj) 1. of James Graham Ballard (J.G. Ballard; born 1930), the British novelist, or his works. (2) resembling or suggestive of the conditions described in Ballard’s novels & stories, esp. dystopian modernity, bleak man-made landscapes & the psychological effects of technological, social or environmental developments.

El diccionario Collins define así el neologismo "ballardiano", relativo al novelista J.G. Ballard; análogo a las condiciones descritas en su obra, especialmente la modernidad distópica, paisajes desolados de factura humana y los efectos psicológicos del desarrollo tecnológico y social.

Si tuviéramos que condensar aún más el término "ballardiano", entonces diría que se refiere al reconocimiento y la asunción de nuestro presente distópico.

A alguien que no haya leído nada de Ballard podría decirle que es un escritor de ciencia-ficción y, a continuación, recomendarle su novela La isla de cemento. Tras leerla, extrañado, mi interlocutor me preguntaría qué tiene esa obra de ciencia- ficción. La pregunta sería pertinente, pues esta novela se sitúa en nuestra época y tiene por protagonista a un arquitecto londinense que, volviendo a su casa en coche una tarde, se sale de la carretera por accidente y va a caer a un gran descampado rodeado por un nudo de autopistas. Malherido, incapaz de salir de esa isla, invisible desde las carreteras por los terraplenes y la vegetación, debe sobrevivir por sus propios medios mientras explora esa desolación de chatarra y, simultáneamente, se explora a sí mismo.

Una perplejidad semejante experimenté al retomar la lectura de William Gibson. Había leído el Neuromante y las otras novelas que constituyen la trilogía del Sprawl. Tiempo después volví a Gibson con Mundo Espejo (Pattern Recognition). Empecé su lectura con la idea de que estaba revisitando el mundo ciberpunk, un mundo situado en un futuro próximo, pero aún futuro. Sin embargo, al avanzar tan sólo unas pocas páginas advertí demasiada familiaridad entre lo narrado y nuestra propia realidad... hasta que caí en la cuenta de que la acción transcurre poco después del 11-S, es decir, en nuestro presente. Y me vino a la cabeza la idea: hemos alcanzado el futuro. El mundo ciberpunk concebido por Gibson es ya nuestro mundo, y por tanto una novela de ciencia-ficción ya no habla del futuro, habla del presente. En cierta manera era de esperar, pues nosotros somos el futuro para los autores clásicos del género que escribieron en los años cuarenta.

Y J.G. Ballard comparte con otros autores y lectores de ciencia-ficción esta idea común: la de haber alcanzado el futuro.

Pero, ¿qué futuro? Si hemos de hacer caso a Ballard, y a nuestra propia experiencia, el futuro, el presente ya, es una distopía. Todos lo sabemos, pero siempre viene bien que alguien nos lo diga en voz alta. Los personajes de Ballard no sólo lo saben, sino que, cuando lo descubren, experimentan una suerte de liberación (¡pero era por esto por lo que me sentía mal!). Una liberación que no consiste en dejar de sufrir la distopía, sino en dejar de fingir que no vivimos en ella.

Estos días, cuando avanza la crisis financiera y los gobiernos inyectan dinero a los bancos, podemos imaginar al director de nuestra sucursal bancaria como un personaje ballardiano. Ha dejado de preocuparse. Sabe, siempre ha sabido, que el dinero que prestaba a sus clientes no existía, que su entidad se lo inventaba, vía asiento contable, en el momento de conceder el crédito. Sabe que el dinero que los gobiernos dicen inyectar en los bancos no existe, que sale de una imprenta o probablemente ni eso, que simplemente son números tecleados en una terminal de ordenador. Sabe que las transacciones financieras, las compras y ventas de títulos, bonos y obligaciones no son más que actualizaciones de bases de datos. Sabe que si ahora se presentaran en ventanilla todos sus clientes a reclamar sus ahorros, tendría que cerrar la sucursal, porque ese dinero ni existe ni ha existido nunca. Y cuando lee en la prensa la enésima llamada del ministro de economía a mantener la confianza en el sistema, cuando oye a fingidos expertos en la radio afirmar que esa confianza es la base de todo y debe continuar... entonces sabe que su liberación ha consistido en perder la fe, en no creer más. Y que su credo, a partir de ahora, se podría describir con la profesión de fe que hizo J. G. Ballard cuando le fue preguntado en qué creía él: "Creo en los olores corporales de la Princesa Diana".

martes, 2 de septiembre de 2008

El Gran Masticador


Queridos lectores: como habéis podido comprobar, este verano que ya termina hemos estado muy solemnes y serios planteándonos las grandes preguntas que nunca son respondidas. Así que con afán de agotar el tema por saturación, cual dipsómano que termina por aborrecer cierto licor de hierbas después de una monumental borrachera seguida de penosa resaca, dimos en leer La fábrica de absoluto, novela del checo Karel Capek publicada en 1922. Para aportaros sabiduría miscelánea, dejamos indicado que este escritor introdujo el término robot en su significado de máquina humanoide en una obra de teatro, hoy desfasada y sin más valor que el histórico, llamada RUR. La palabra robot procede de una raíz eslava que puede significar trabajo o servidumbre.
En La fábrica de absoluto un ingeniero inventa un carburador atómico, un generador de electricidad que quema carbón a base de reducir a la nada todos sus átomos y convertir toda esa masa en energía. Pero sucede que, igual que un motor de combustión emite como residuo CO2, el carburador, al destruir los átomos, además de energía libera como residuo Absoluto. El ingeniero lo explica acudiendo a Spinoza: de la única sustancia existente, la Sustancia-Dios-Naturaleza, que tiene infinitos atributos, nosotros sólo conocemos dos: la materia y el espíritu, la extensión y el pensamiento. Al destruir la materia de los átomos en el carburador, se manifiesta abiertamente el atributo espiritual presente en la sustancia, es decir, lo que vulgarmente llamamos Dios.
Allí donde funciona un carburador, en un radio de varios centenares de metros, el escape de Absoluto genera ataques de misticismo, curaciones milagrosas, levitaciones, profecías. Un poco más lejos sólo se producen conversiones de los transeúntes, y más lejos aún tan sólo una cierta atmósfera de santidad en el ambiente. Cada individuo reacciona ante el Absoluto de una manera diferente; los creyentes en alguna religión se la creen de verdad y realizan los milagros descritos en sus libros sagrados; los ateos se inventan nuevas religiones, como un feriante de tiovivo que establece un culto giróvago en su atracción de caballitos, o un aficionado al café que lo multiplica en una ceremonia parecida a la del té, pero con café.
A medida que se extiende el uso de carburadores para alimentar fábricas y ciudades, la explosión mística se hace incontenible. Cuando el Absoluto contamina una fábrica, el empresario, lleno de amor al prójimo, la regala a los trabajadores. Cuando un carburador se instala en un banco como calefacción, los empleados, con espíritu caritativo, regalan el dinero. Los masones declaran que se trata del Gran Arquitecto del Universo y se atribuyen el mérito. Los comunistas nombran al "compañero Dios" presidente honorífico del Partido. El Kaiser de Alemania proclama que es el Espíritu Absoluto que ha llegado a su máximo desarrollo histórico a través del Estado alemán. La iglesia católica se ve obligada a beatificar al Absoluto, a canonizarlo y, en una ceremonia novedosa, a deificarlo, pero con dudas teológicas sobre quién es de las Personas de la Trinidad. Algunos ateos irreductibles intentan diseñar mascarillas "anti-Dios" para protegerse de las emanaciones de los carburadores...

En la novela se hace un repaso de cómo reaccionan diferentes grupos y cofradías ante la situación hasta que.... hasta que encontré el detalle misceláneo que nos ha devuelto a la inmanencia. Se trata de los fletcherianos. No pensaba darle más importancia suponiendo que sería alguna facción republicana irlandesa, como los fenianos, ¡pero qué equivocado estaba! Los fletcherianos eran un dignísimo precedente de las diversas sectas digestivas que proliferan hoy: vegetarianos, veganos, macrobióticos, crudívoros, etc. Los fletcherianos eran los partidarios de las doctrinas de Horacio Fletcher (véase la ilustración), conocido en su época como El Gran Masticador. En esencia, el señor Fletcher sostenía que todo bocado alimenticio (líquidos incluidos) debía masticarse exactamente treinta y dos veces, práctica de la cual se derivaban grandes beneficios salutíferos. Su lema era: "La Naturaleza castigará a los que no mastiquen". La "fletcherización" incluía determinadas técnicas como por ejemplo el examen cotidiano de las "cenizas digestivas" como denominaban a las heces fecales, cuya ausencia de mal olor sería testimonio de que un fletcheriano seguía correctamente su disciplina masticante.
Es una lástima que el fletcherianismo esté extinguido, así que desde aquí animamos a cualquier persona que tenga alguna inquietud dietética a su resurrección. Compitiendo con veganos y crudívoros en el mercado de la ética gastronómica, se podrían establecer sociedades de estudios fletcherianos, impartir talleres de masticación o abrir un cenador fletcheriano los viernes en algún centro social. A ver si alguien se anima, que en este campo de la alimentación, cosas más friquis y delirantes se están haciendo y además con pretensiones de respetabilidad.

No voy a contar cómo termina la novela, ni qué pasa al final con el Absoluto, pero espero que mis lectores compartan conmigo la idea de que, desde una perspectiva miscelánea, posibilitar el conocimiento de la vida y la obra de Horacio Fletcher, el Gran Masticador, es mérito suficiente para recomendarla.

jueves, 7 de agosto de 2008

La Peste


(...) Situado frente al abismo del no ser del sentido, el amigo habla al amigo, y juntos construyen un puente sobre el abismo del no sentido. La depresión interroga la fiabilidad de este puente. La depresión no ve este puente. Lo ha perdido de vista. O, quizás, ha visto que no existe. La depresión desconfía, incluso, de la amistad, o no la reconoce. Por consiguiente, no puede percibir un sentido porque el sentido no existe más que en el espacio de lo compartido. (...) La aceleración infinita del mundo respecto de la mente es el sentimiento de estar definitivamente aislado del sentido del mundo. E inmediatemente se transforma en no recordar más aquel sentir que es el sentido. El sentido no es lo que encontramos en el mundo, sino lo que somos capaces de crear. Es lo que, circulando en la esfera de la amistad, del amor, de la solidaridad social, nos permite encontrar sentido. La depresión puede ser definida como una falta de sentido, como una carencia de la capacidad de encontrar sentido en la acción, en la comunicación, en la vida. La incapacidad de encontrar sentido es, sin embargo y ante todo, incapacidad de crear sentido. (...) Si consideramos la depresión como suspensión de la posibilidad de compartir el sentido, como el despertar en un mundo sin sentido, debemos decir que, desde un punto de vista filosófico, la depresión es, simplemente, el momento más cercano a la verdad. El depresivo no pierde, en absoluto, la capacidad de elaborar racionalmente los contenidos de su experiencia y los de su saber; es más, su visión puede alcanzar una radicalidad absoluta de la comprensión. La depresión permite ver aquello que habitualmente escondemos a nosotros mismos a través de la circulación continua de la tranquilizante narración colectiva. La depresión ve lo que el discurso público esconde. La depresión es la mejor condición para acceder al vacío, la última verdad. Al mismo tiempo, sin embargo, la depresión paraliza toda capacidad de acción, de comunicación, de intercambio. (...).

Franco Berardi (Bifo): La epidemia depresiva.

viernes, 1 de agosto de 2008

Stalker

El fin de la búsqueda es contemplar el vacío y entender que el vértigo no tiene alivio.

martes, 1 de julio de 2008

Los valores que nos caracterizan

Recientemente se ha conocido que la ciudad de Barcelona es el escenario escogido para un videojuego de acción llamado Wheelman, en el cual, además de escenas violentas, aparecen conocidos monumentos de la ciudad que el jugador puede llegar a volar por los aires. La concejal de Educación del Ayuntamiento, una tal Montserrat Ballarín, ha calificado de "reprobable" que Barcelona sirva de marco virtual para actos violentos, ha añadido que el videojuego es contrario a "los valores que caracterizan a la ciudad" y ha anunciado un estudio jurídico sobre la posibilidad de tomar alguna medida legal.

Prevenido de esta manera, me he hecho el firme propósito de no jugar a este videojuego y tan sólo me cabe lamentar que esta costumbre de lanzar fatwas municipales llegue demasiado tarde y tal vez el daño para la ciudad sea ya irreparable. Me estoy refiriendo a la película Buttman in Barcelona (1997), cuya sinopsis reza así:
"When I arrive in Barcelona, of course my first excursion is to the back streets around the 'RAMBLAS'. In these ancient narrow streets there is an opening in "THE CRACK" that Hatman pops out of to join me in my adventure. It was a very exotic, very erotic trip. Enjoy!"
La película fue dirigida por John Stagliano (a.k.a. Buttman), una de las vacas sagradas del cine porno, y cuenta con la presencia del actor Rocco Siffredi. El film versa sobre sexo anal, que parece ser la obsesión de Buttman, y se inscribe en el llamado género gonzo que consiste en que el cámara, mientras filma, interviene también como actor dentro de la acción; algo así como si alguno de ustedes filmase con una videocámara sus propios coitos y luego los publicase en Youtube. Si están interesados en la película pueden ver más detalles aquí. Naturalmente, mientras el ayuntamiento no se pronuncie, y ante la sospecha de que esta película tampoco refleja los valores que nos caracterizan como ciudad, he decidido abstenerme de verla; si ustedes, queridos lectores, desean visionarla, allá ustedes con su conciencia.

Y la película Buttman in Barcelona no es más que un caso reciente. Pero la lista de obras de arte, literatura, cine y otras formas de creación que pueden ser nocivas para la proyección de nuestros valores debe ser interminable. Por añadir un solo ejemplo más, seguramente casi todos mis lectores habrán leído en la escuela Mecanoscrit del segon origen, de Manuel de Pedrolo. Recordemos brevemente el argumento: una invasión extraterrestre extermina a la humanidad salvo a una pareja de jovencitos. En algunos episodios de la novela éstos visitan la ciudad de Barcelona, una montaña de ruinas y de cadáveres. Estaría bien que nuestro ayuntamiento hiciera una declaración institucional dejando claro, para conocimiento de cualquier civilización extraterrestre que se lo esté planteando, que invadirnos y exterminarnos contradice los valores que representa esta ciudad, y por ello, caso de que lleven a cabo la invasión, que hagan con nosotros una excepción. La advertencia también sería válida para futuros escritores: si piensan redactar una novela sobre invasiones marcianas, por favor, no la ambienten en Barcelona, es reprobable y contradice nuestros valores.

El tema es tan preocupante que nuestro Ayuntamiento podría crear un departamento destinado a velar por la correcta proyección de nuestros valores en todo tipo de obras creativas ambientadas en Barcelona. La tarea es ardua pero necesaria: evitar que Barcelona sea escenario de videojuegos violentos, impedir que se ruede en sus calles películas que incluyan escenas racistas y sexistas, pedir a los escritores de novela negra que no incluyan asesinatos entre los casos investigados por su detective protagonista y que, si debe haber asesinato, al menos que éste tenga lugar fuera del término municipal de la ciudad, que lo sitúen en Hospitalet, por ejemplo. Si este proyecto funcionara, incluso podríamos enviar a Montserrat Ballarín a la ciudad de Nueva York, para explicarles el modelo Barcelona de difusión de los propios valores, y acabar con todas esas películas de asesinatos, violencia, catástrofes, corrupción policial, mafia, etc, que seguramente contradicen también los valores de los neoyorquinos.

En realidad lo que necesitamos es una figura de reconocida proyección internacional que nos represente genuinamente y que sirva de contrapeso a la mala imagen desplegada por Wheelman, por Buttman y por cualesquiera otros individuos de costumbres reprobables y contrarias a nuestros valores. Y creo que ese personaje es el arquitecto Antoni Gaudí. Sostengo que hay tres razones que avalan mi propuesta. La primera es que Gaudí ya es suficientemente conocido de por sí y el primer atractivo cultural de la ciudad. La segunda razón es que hay en marcha un proceso de beatificación que, cuando llegue a feliz término tras el descubrimiento de algún milagro atribuible a su intervención sobrenatural, acrecentará aún más la proyección internacional del personaje y de su obra que suponemos compatible con los valores que nos caracterizan y en las antípodas morales de mister Buttman. Y la tercera razón es que Gaudí es un genuino representante de nuestros valores más característicos y propios y los llevó a la práctica con singular perfección. El año 1922 Antoni Gaudí interpuso una demanda judicial de deshaucio contra Rosa Domingo Giol, masovera que llevaba 20 años viviendo y cuidando de las propiedades de la familia Gaudí en Riudoms (Tarragona). La masovera, que había quedado viuda, y sus dos hijos fueron expulsados, cosa que significó para ellos un periodo de "mucha miseria" según declaró años después una hija superviviente, Rosa Corts Domingo.

Este hecho convierte a Gaudí en exponente y prototipo de los valores que mejor caracterizan nuestra ciudad: la especulación inmobiliaria. A partir de ahora, nuestros propietarios y especuladores podrán iniciar acciones de acoso o mobbing inmobiliario contra viudas y pensionistas con la conciencia bien tranquila y la cabeza bien alta: Gaudí también lo hizo, y va para santo. Que no se quejen esos viejecitos que malviven en pisos ruinosos gracias a un alquiler de renta antigua cuando el propietario haga en su escalera obras de empeoramiento, o cuando envíe matones, o cuando meta a degenerados sociales para amargarles la vida: Antoni Gaudí dejó en la calle, y en la pobreza, a una viuda con hijos mientras en su mente trazaba los planos de la Sagrada Familia y acudía cada mañana a misa a la iglesia de Sant Felip Neri. Teniendo en cuenta que para consumar la beatificación se necesita acreditar un milagro, podemos sugerir a los especuladores que se encomienden a Gaudí cuando se vean apurados en sus negocios. Propietario: si tienes una finca medio arruinada en el centro de Barcelona que puedes dedicar a hotel y te lo impide una viejecita inquilina que se niega a morirse o a pasar sus últimos años durmiendo en un cajero automático, no desesperes: pon una vela a Gaudí y pídele desde el fondo de tu corazón su ayuda. Y si un buen día, de repente, esa viejecita aparece defenestrada, o se ha desnucado en esa escalera que hace años que no arreglas, no lo dudes: ha sido un milagro. Libre ya de cargas, podrás reconvertir tu finca en hotel y no te olvides de informar al obispado del prodigio obrado por intercesión de Gaudí.

Amén.