sábado, 2 de mayo de 2009

Sobre las películas de miedo

El corto se titula Miedo. Y uno pensaría que se trata de una película de miedo, o sea, que pertenece al género de terror, con sus vampiros, zombis o fantasmas en casas embrujadas. Sin embargo, en el corto no aparece ninguna de esas criaturas, a pesar de lo cual, creo que la podemos adscribir con toda razón al género de terror; aunque bien es verdad que para ello debemos hacer una cierta redefinición del género.
Éste siempre consistía en que un acontecimiento extraordinario, sobrenatural, interrumpe la realidad cotidiana, normalmente en forma de criatura anómala, monstruosa, que viene a alterar las reglas de funcionamiento del mundo. Pero en el miedo que se nos muestra en Miedo es justamente lo contrario: es la ausencia de cualquier tipo de interrupción de la cotidianeidad. Nunca pasa nada. Nunca sucede nada que interrumpa lo obvio de la realidad, el curso predecible de nuevas vidas: trabajar, trabajar, trabajar...
Y mientras el desarrollo y conclusión del relato tradicional de miedo consiste en que el héroe protagonista neutraliza la amenaza, neutraliza la interrupción provocada por lo extraordinario y restaura lo cotidiano, en esta redefinición del género de terror el desarrollo y conclusión, aquello por lo cual se provoca la sensación de miedo, consiste en ver cómo el protagonista se convence de la imposibilidad de producir acontecimientos extraordinarios y liberadores que interrumpan esta realidad cotidiana que pesa sobre nosotros como una losa sepulcral.

sábado, 18 de abril de 2009

Miedo



Lectores de este blog: el viernes 24 de abril, a las ocho de la tarde, en la Sala Conservas, estrenamos "Miedo", cortometraje que hemos realizado entre unos cuantos amigos. Aunque el tráiler de arriba dice que a las nueve, estaremos allí a partir de las ocho. Todo lo que pudiera escribir ahora mismo sobre el miedo y otras pasiones relacionadas que nos paralizan y nos hacen aceptar esta malsana e infame vida que llevamos, está explicado ya en la película. Así que quedan invitados a venir a verla.

jueves, 26 de marzo de 2009

Ha llegado la hora de la verdad


Después de meses de pedir diálogo, de intervenciones bienintencionadas que pretendían establecer lazos con las instituciones académicas, el diálogo democrático se ha mostrado absolutamente inútil. El diálogo que ofrece la institución se presenta como un diálogo entre iguales, cuando en realidad es asimétrico ya que en él las reglas están impuestas de antemano. Es como dialogar en una comisaría. El diálogo sólo es posible si al hablar se ocupa uno de los lugares previamente asignados. Fuera de este simulacro de escenario el habla no es reconocida como voz política y, por tanto, pese a poder expresarse (¡faltaría más!) no tiene ningún efecto ni ninguna posibilidad de intervenir políticamente. En efecto, el rector de la Universidad de Barcelona tiene razón cuando afirma que se ha rebasado una línea roja. Pero no hemos sido nosotros sino ellos los que, ante ese nosotros que toma la palabra, han recurrido sencillamente a imponer el silencio democrático. Ha llegado la hora de la verdad.
Bolonia no es algo aislado, sino parte de un proceso de ataque a todos los espacios que aún pueden oponer una resistencia al avance del capital. La Universidad está asediada. Bolonia ataca directamente nuestra vida, pero ya no sólo como estudiantes. No queremos convertir nuestra vida en una vida gestionada antes de que pueda ser vivida, una vida hipotecada cuyos costes de promoción tenemos que empezar a pagar ya. Ha llegado la hora de la verdad. Se ha abierto un espacio de politización y este hecho produce miedo en estas instancias que imponen las reglas del juego. Ahora no somos nosotros quienes sentimos miedo. De nosotros depende llenar este espacio que se abre de rabia y de creatividad, o bien llenarlo de palabras vacías disfrazadas de llamadas al diálogo.

Vidas precarizadas

(Octavilla que me han dado unos estudiantes)

jueves, 22 de enero de 2009

Un negocio piramidal


El Método Ponzi, o modelo de negocio piramidal, viene teniendo gran protagonismo de un tiempo a esta parte, y ello parece ser debido a que, en última instancia, todo negocio especulativo es alguna clase de variante de la estafa piramidal. Toda entidad financiera que paga unos intereses por encima de la media lo hace siguiendo el sistema que inauguró el señor Ponzi: los intereses que se pagan a los antiguos inversores no vienen de rendimientos del capital de la entidad sino del capital que aportan los nuevos socios, con lo cual se requiere, para que este tinglado se sostenga, que entre contínuamente gente nueva siguiendo un ritmo exponencial. Pero tarde o temprano, debido a esa pertinaz finitud que caracteriza a las cosas de este mundo, dejan de surgir nuevos socios y la pirámide se derrumba: si decrece el ritmo con el que se reclutan nuevos miembros, los antiguos dejan de recibir sus intereses. Y así ha sucedido con Madoff, con Forum Filatélico, y con tantos otros.
Como consecuencia de lo que dicho queda, el concepto de negocio piramidal ha sufrido un gran descrédito, y el propósito de este post es demostrar cómo no hay mal que por bien no venga, y un negocio piramidal puede venir a socorrernos en esta era de dificultades, rehabilitando, de paso, al escarnecido cuerpo geométrico.

Por otra parte, bien mirado, todo el sistema capitalista es, de hecho, una suerte de sistema piramidal: los empresarios procuran pagar los sueldos más bajos posibles para reducir costes y aumentar beneficios, pero para realizar esos beneficios necesitan vender lo producido. Está claro que los trabajadores precarios, a la larga, no pueden constituir la masa de los consumidores compulsivos, por lo que se necesita continuamente abrir nuevos mercados. Además, siguiendo la lógica del capital, el beneficio obtenido debe reinvertirse en una escala mayor, pues el dinero inmovilizado no es capital y se deprecia. En definitiva, el capitalismo necesita el crecimiento continuo: más producción, más consumo, y si es posible a un ritmo cada vez mayor. Esto lo resumía Marx cuando decía aquello de que el capital debe conjurar contínuamente sus propios límites. Por tanto, todo el sistema capitalista se puede ver también como un inmenso negocio piramidal que, tarde o temprano, se interrumpe por causa de la obstinada finitud de las cosas de este mundo, y eso parece ser muy malo para una máquina que necesita girar siempre, y acelerando.

Meditando sobre este asunto, y deleitándome en la contemplación de esa extraña pirámide que aparece en los billetes de dólar, fue como di en pensar que si las pirámides virtuales de la estafa y el crecimiento continuo chocan contra los límites de la realidad, tal vez las pirámides materiales, las de piedra, pudieran socorrernos en estas apreturas que ahora sufrimos. Como es sabido por todo el mundo, en el Antiguo Egipto se construían pirámides, amén de templos, hipogeos, canales de riego y, en general, toda suerte de obras públicas. Al contrario de lo que cree el vulgo, estas obras las llevaban a cabo trabajadores asalariados, pues en Egipto no había esclavitud (fuera de casos aislados). Incluso se tiene constancia de la primera huelga documentada de la historia protagonizada por estos trabajadores. Sucedió en el año 29 del reinado de Ramsés III (segundo faraón de la vigésima dinastía) entre los obreros que construían las tumbas del Valle de los Reyes. Debido a que los trabajadores dejaron de recibir los suministros que constituían su paga (no usaban la moneda), se declararon en huelga y marcharon en manifestación hacia los templos locales (o sea, las sedes de los centros administrativos del Estado). Allí presentaron un pliego de peticiones cuyo contenido se ha conservado: "...Hemos venido aquí a causa del hambre y la sed. No tenemos ropa, ni cosméticos, pescado ni verduras. Informad al Faraón, nuestro buen señor, sobre la situación, e informad al visir, nuestro superior, de que los suministros tienen que sernos enviados".

Pero basta ya de divagar y vamos entrar en materia. La pregunta que debemos hacernos es ¿en qué se nota que hay crisis? Y para facilitar la reflexión de los lectores, nos vamos a retrotraer al pasado. Antes del capitalismo, se notaba que había crisis por el hecho de que no había para comer: las cosechas habían fracasado por sequía, por plagas, por inundaciones, o por disminución en la productividad del suelo; era lo que se llaman "crisis de subsistencia". Los graneros estaban vacíos. Repitan todos conmigo: Los graneros estaban vacíos. Pues bien, ahora viene la gran pregunta, en estos momentos, ¿están vacíos los graneros? Para reunir evidencia de primera mano, he salido a la calle y me he dirigido a un supermercado Caprabo: los estantes estaban llenos a rebosar, había de todo, exactamente igual que antes de la crisis. Después he pasado ante el escaparate del bazar El Regalo: lo mismo, lleno de televisores, batidoras y demás menaje electrónico. He llegado a la conclusión, pues, de que los graneros están llenos. Luego no hay crisis de subsistencia: tenemos de todo. Es más, en la prensa dicen que algunas fábricas despiden obreros porque tienen stock sin vender en sus almacenes: no es que haya de todo, es que hay demasiado de todo: coches, pisos, etc. ¿Luego dónde está el problema? Si nuestro sistema económico es tan productivo que no sólo tenemos de todo, sino que producimos más de lo que podemos consumir, la solución es obvia: producimos menos y rebajamos de manera generalizada la jornada laboral. Con lo cual no entiendo cómo es que en la Unión Europea se está proponiendo aumentarla hasta las 65 horas semanales... de verdad que no se entiende. Como tampoco se entiende que la solución que se propone a esta mal llamada crisis (¡pero si hay de todo y encima sobra!) sea la vuelta al keynesianismo: que el Estado fomente las obras públicas. Más autopistas, más trenes de alta velocidad, más pistas de aeropuertos, más puertos deportivos, más infraestructuras, más cemento en la costa, en el llano y en la montaña. Más de lo mismo que ya tenemos... No me negarán que esta solución tiene un gran impacto sobre el territorio, el paisaje, contamina, degrada, consume energía... Bien, aquí llego yo con mi propuesta. Se trata de una solución keynesiana pero con la intención de minimizar el impacto sobre el territorio, el despilfarro energético, la contaminación, etc. En vez de construir más autopistas y más puertos deportivos que no necesitamos, propongo, de acuerdo con la naturaleza piramidal del capitalismo y de sus crisis y estafas, que construyamos pirámides de verdad. Esto requiere, desde luego, recuperar las costumbres funerarias del Antiguo Egipto y modificar el protocolo sobre los funerales de Estado. Empezando por el Rey, y recorriendo hacia abajo todo el escalafón autoritario: ministros, presidentes de comunidades autónomas, alcaldes... todos ellos deberían encargar, con el dinero que dicen dedicarán a rescates financieros de bancos, encargar, digo, una pirámide para el día que fallezcan. ¿Que hay un ERE en la Seat de Martorell? No pasa nada, nuestro presidente, el señor Montilla, encarga su pirámide y los obreros que iban a ser despedidos tendrán por delante veinte años de trabajo asegurado. El impacto de este tipo de obra pública es muy inferior al de una autopista, por ejemplo: la pirámide ocupa muy poco terreno, está hecha de piedra, no produce residuos contaminantes... Una vez construida no sirve absolutamente para nada, pero el negocio no está en la utilidad de la obra acabada, sino en su misma construcción, a semejanza de ciertos canales de regadío por los que jamás ha corrido agua pero que supusieron un buen negocio a la empresa que los realizó.

Estudiemos ahora la cuestión desde un punto de vista ligeramente diferente. ¿Qué es lo que realmente sucede?, quiero decir, ¿cuál es la necesidad que no se satisface y que provoca la crisis? Uno podría pensar: hay demasiada mano de obra que no puede ser absorbida por el sistema económico... ¡Falso! pues hasta hace cuatro días teníamos una situación de pleno empleo y, como ya he dicho, eso no es un problema sino una bendición: se rebaja la jornada laboral y así todos trabajamos menos. De lo que en realidad hay demasiado hasta el punto de que el sistema capitalista no puede absorberlo es de... Capital. Como ya se dijo antes, el beneficio obtenido por la empresa se tiene que invertir de nuevo para que vuelva a funcionar como capital, con lo cual hay cada vez más capital queriendo ser invertido... hasta que llega un momento en que ese capital ya no encuentra dónde invertirse, es una crisis de sobreproducción, y eso el capitalismo, en vez de oxímoron, lo considera catástrofe.

Hay una tercera solución al dilema que me parece la más razonable: no pensar en las necesidades del Capital (que siempre tiene "necesidad" de invertirse), sino en las de la gente; si ya hay mucho de todo, pues lo dicho antes: se reduce la jornada laboral de manera amplia y general. Si no se quiere hacer esto, entonces queda el keynesianismo en sus diversas variantes: o se construyen más autopistas y coches que no se necesitan o bien se construyen pirámides, que tampoco se necesitan pero que ensucian y matan menos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Tengo la solución a la crisis


Queridos lectores de este blog: ya sabéis todos que nos hallamos sumidos en una profunda crisis económica. No importa tanto cómo haya empezado sino lo que sucede a partir de ahora: debido a una profunda desconfianza generalizada los bancos no conceden créditos ni las empresas logran vender su stock almacenado. Debido a que no se vende es necesario parar la producción de las fábricas y despedir trabajadores. Como éstos se quedan sin ingresos no pueden consumir y se alimenta el círculo vicioso. La clase política nos ha hecho ya todo tipo de advertencias: este sistema es el único posible, no hay alternativa, tenemos que sostenerlo entre todos. Pero está claro que sólo con buenas intenciones no se arreglan las cosas. Hace falta pasar a la acción. Y creo que he encontrado la solución. Reconozco que el mérito no es exclusivamente mío sino que he sido iluminado por dos grandes faros. Digámoslo sin rodeos, se trata de nuestro simpático alcalde, Jordi Hereu, y de nuestro discreto y sagaz presidente Montilla. El primero ha considerado que las luces que adornan las calles por Navidad son un poderoso estímulo para fomentar el consumo, y el segundo nos ha instado a todos a comprarnos un coche. Y después de oír las recomendaciones de estas dos luminarias también a mí se me encendió algo en la cabeza y me dije a mí mismo: ¡pues claro! ¡eso es!.

Nuestra salvación está en el consumo.

Repetid todos conmigo: nuestra salvación está en el consumo. Pero claro, que hay que consumir ya nos lo dicen nuestros dirigentes, el problema, como sabemos todos, es que gran parte de la población no puede consumir en la cantidad que haría falta para revitalizar la economía. Y no es por desidia ni desafección al régimen, no señor. Ayer mismo tuve ocasión de comprobarlo. Era sábado por la tarde y me daba un paseo por el centro de nuestra ciudad. Hacia las ocho de la tarde, de la plaza Universitat, salían unas 300 personas que lo hacían para manifestar su solidaridad con la insurrección que tiene lugar en Grecia estos días. Pero en las calles vecinas había una manifestación mucho más numerosa. Fui incapaz de contabilizarlos, pero diría que había miles de manifestantes, sin pancarta de cabecera, sin megáfono, sin corear consignas, que se habían echado a la calle, como cada sábado, para mostrar su apoyo al sistema capitalista y al consumo. Por lo tanto, me ratifico en lo dicho más arriba: la gente consumiría mucho más de lo que lo está haciendo si pudiera, y así arrimaría el hombro para poder salir de esta crisis.

Como ya sabemos, el capitalismo es la contradicción en movimiento, pues requiere que se den simultáneamente dos requisitos que parecen mutuamente excluyentes: una masa de trabajadores precarios, con sueldos lo más bajo posibles y amenazados continuamente con la exclusión y el paro, y por otra parte una masa de consumidores dispuestos a derrochar. ¿Ambas masas deben estar formadas por las mismas personas? Por otra parte, nos dicen que estamos demasiado endeudados, que hemos gastado por encima de nuestras posibilidades y que debe fomentarse el ahorro para encauzar ese dinero hacia la inversión. ¿En qué quedamos pues? ¿Nos lo gastamos todo o ahorramos? (no suele llegar para las dos cosas a la vez).

Pero creo que con estos preliminares nuestros lectores se estarán poniendo nerviosos a la espera de que desvele la solución que he encontrado para la crisis. Así que vamos allá. Como decía antes, para reactivar la economía tiene que haber consumo. El problema es que la población no puede consumir porque tiene deudas, está en paro o, en general, gana un salario de subsistencia. Y claro, las empresas no están dispuestas a aumentar porque sí esos salarios ya que la reducción de costes es una parte importante del origen de sus beneficios. Bien, admitamos que en esta era de precarización masiva el consumo de masas no tiene mucho sentido. Aquí entro yo en escena. Propongo en primer lugar un cambio de paradigma: dejemos de pensar en términos de oferta y demanda. No existe la oferta de mercancías, sino la demanda de consumo. Mi idea es fundar una empresa de servicios que atienda esta demanda. Estoy dispuesto a atender a todas las empresas que están demandando consumo. Naturalmente, como estamos en una situación excepcional, tenemos que empezar acogiéndonos a las ayudas que los Estados están proporcionando a los bancos. En Estados Unidos han demostrado una vez más su pragmatismo: la última ayuda de 700.000 millones de dólares surge directamente de la imprenta con la que se fabrican billetes, y no me vengan con aquello de que así se provoca inflación, eso es lo que necesitamos precisamente cuando acecha el monstruo de la deflación. Propongo que nuestro gobierno haga lo mismo: que ponga a girar más deprisa la imprenta de los euros para financiar mi empresa. Dotado de este capital inicial mi empresa acudirá al rescate de todos aquellos que acumulan stocks de mercancías sin vender y se las compraré. Veamos un ejemplo concreto. Ahora es necesario acudir en ayuda del sector del automóvil. Pues bien, mi empresa se pone en marcha y moviliza a su plantilla de trabajadores. Cada día, a las diez de la mañana, nuestros empleados se presentan en los concesionarios de los diferentes fabricantes con la intención de comprar un coche. Les atiende el vendedor de turno, les muestra los diferentes automóviles, modelos, colores, les explica las prestaciones, se regatea, se rellena el papeleo, y después de un par de horas nuestro empleado sale del concesionario con su flamante coche nuevo pagado al contado. Otro ejemplo. Las grandes superficies comerciales. Mi empresa tendrá toda una sección especializada en atender esta demanda. Enviamos a varios centenares de empleados a pasar sus ocho horas de jornada laboral diaria comprando en los grandes almacenes. Entran a las diez de la mañana en el establecimiento que tiene cada uno asignado para ese día y se pasan varias horas comprando diversos artículos, tan sólo se les permite una pausa de 10 minutos para ir al lavabo. A mediodía una hora para comer, y por la tarde, vuelta otra vez a comprar hasta que finalicen su jornada. Naturalmente nuestra empresa dispone de inspectores que siguen a nuestros empleados para asegurarse de que hacen bien su trabajo y compran en lugar de pasarse horas merodeando y escaqueándose de su obligación.

Evidentemente, una vez que salgamos de la crisis, y no nos cabe duda de que nuestra empresa lo conseguirá, habrá llegado el momento de dejar de depender de las ayudas del gobierno, al fin y al cabo no somos comunistas. A partir de ese momento no tendremos más remedio que cobrar a las empresas que soliciten nuestros servicios de consumo. Pero somos gente seria y nos habremos ganado una sólida reputación. ¿Que la tienda X está vacía? No hay problema, nos llama el gerente de la tienda X y, tras pagarnos nuestros correspondientes honorarios, le garantizamos que al día siguiente tendrá su tienda llena con nuestros empleados dispuestos a consumir sus productos. Garantizado. Y si la tienda X no queda satisfecha, le devolveremos su dinero.

Ah, por cierto, necesitamos contratar empleados. Tenemos vacantes muchas plazas de agentes consumidores. Los interesados nos pueden enviar un curriculum.

Nota: esto va en serio. Los problemas absurdos requieren soluciones absurdas.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Autobiografía sin acontecimientos


Considero la vida como una venta donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé adónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta venta una prisión, porque estoy obligado a esperar en ella; podría considerarla un lugar social, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo estar a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo hacer a los que conversan en las salas, de donde las voces y las músicas llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos y oídos en los colores y los sonidos del paisaje, y canto lento, sólo para mí, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Gozo de la brisa que me dan y del alma que me dieron para gozarla, y no pregunto más ni busco. Si lo que dejé escrito en el libro de los viajantes puede, releído un día por otros, entretenerlos también en el tránsito, estará bien. Si no lo leen, ni se entretienen, estará bien también.

Fernando Pessoa: Libro del desasosiego

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El escritor


El escritor se sienta ante su mesa, conecta el ordenador y se dispone a trabajar. Nuestro hombre se gana la vida escribiendo cualquier cosa que le encarguen, y ahora mismo el encargo es una guía de viajes. Se supone que el escritor ha viajado hasta el país en cuestión y conoce de primera mano lo que cuenta, ha comido en los restaurantes que recomienda y ha dormido en los hoteles seleccionados por la guía. Pero no es así. Para empezar, él ni es viajero ni, desde luego, está especializado en este tipo de obras. De hecho, esta sería su primera guía. Aceptó el encargo porque ya se acabó la enciclopedia en la que estaba colaborando y no le ha salido nada mejor. Naturalmente ha recibido un adelanto a cuenta del viaje que se supone debe realizar para documentarse, y se supone que ha estado ya varias veces en ese país, cosa sobre la que ha mentido. El dinero para el viaje ha preferido emplearlo en pagar deudas y aquí lo tenemos ante el reto de describir los paisajes, monumentos e itinerarios turísticos de un lugar en el que nunca ha estado.
La primera parte del trabajo consiste en recopilar todas las guías ya publicadas sobre ese país y leérselas. No necesariamente para copiarlas, que también, sino para conocer el país y saber de qué debe hablar. Más o menos, todas las guías contarán lo mismo. Digamos, como ejemplo, que todas las guías de París deben incluir un capítulo dedicado al Louvre y todas las guías de Irlanda hablarán del castillo de Dublín. El siguiente paso será complementar esta información con lo que pueda encontrar por la red. Wikipedia, buscadores, páginas oficiales de turismo del sitio a visitar, webs de museos con los horarios, etc. Las ilustraciones del libro también se pueden obtener de la red, para eso está flicker, y el tema más delicado de todos, la información actualizada sobre hoteles y restaurantes, no ofrece excesiva dificultad desde que existen foros donde los viajeros dejan sus opiniones sobre los establecimientos que han visitado. En todo caso, un mail o una llamada telefónica permiten actualizar la información. Básicamente lo que hace nuestro escritor es planificar el viaje que le gustaría hacer con la información recopilada y luego imaginarse que lo ha hecho y explicarlo. Incluso llega a recorrer el país virtualmente a través de Google Earth, y se dice que, aunque no lo ha pisado, se ha pasado horas recorriéndolo con la vista, y que si bien no ha entrado en tal museo, conoce a la perfección cómo se ve su tejado fotografiado por satélite.
La editorial le ha indicado que debe incluir alguna pequeña información falsa de manera adrede, para comprobar posteriormente si la guía es copiada por otra editorial. Esto ya lo debía hacer cuando colaboraba en la redacción de la enciclopedia. Si debes escribir una, ¿qué más fácil que copiar otra ya hecha y limitarse a actualizarla? Para detectar estas posibles copias, las editoriales introducen detalles falsos en algunos artículos, o toda una entrada ficticia. Pongamos que nos inventamos el término falguerillo, pájaro endémico del archipiélago de las Salvajes, unos islotes deshabitados entre Madeira y las Canarias. Si alguna enciclopedia del futuro incluye la entrada falguerillo, sabremos que han copiado la nuestra y podremos demandarles. Pues bien, de manera análoga, hay que inventarse alguna pequeña falsedad, nada que pueda ocasionar un perjuicio al viajero, en nuestra guía. Pongamos que, al lado de la Pinacoteca Nacional, existe una pequeña iglesia dedicada a San Antonio con un pórtico de cierto interés artístico, cuya fotografía incluimos (y que corresponde a cualquier otro sitio). Y si en el futuro otra guía de la competencia recomendara al viajero que, al salir de la Pinacoteca Nacional, aprovechara para visitar la vecina iglesia de San Antonio, sabríamos dos cosas: que se han copiado la guía y que su autor jamás estuvo en esa iglesia porque, aunque hubiese querido, le hubiera resultado imposible, no existe. Y serían demandados, claro.

Por la tarde, nuestro escritor nuevamente ante el ordenador. Ahora no se trata de la guía, las tardes las dedica a su verdadera vocación como escritor. Todo comenzó un par de años atrás, cuando se puso a releer algunas novelas de su adolescencia. Fue a los catorce años cuando las leyó por primera vez. Narraciones de ciencia ficción que componían un grandioso friso de la historia futura de la humanidad. Se había sentido sobrecogido ante la grandiosidad del Imperio Galáctico, ante los paisajes imaginados de su planeta capital, había visto brillar sus naves de combate... Pero, años después, al volver a leerlas, entendió porqué aquellas novelas sólo triunfaban entre adolescentes. Otro autor, otro más, que desaprovechaba buenas ideas. Tantos escritores con una imaginación fecunda, con una capacidad tan grande de imaginar mundos, misterios, aventuras.... y con una expresión tan pobre. No podía ser que toda aquella fantasía que le había hecho soñar fuera literatura mediocre. No se resignaba a que la buena literatura le aburriese y la historias interesantes aparecieran descoloridas y planas por culpa de un escritor medianamente dotado. Quería volver a sentir la magia de aquellas historias, volver a sumergirse en aquellos mundos, pero como no podía volver a tener catorce años, entonces haría que aquellas novelas crecieran también y se hicieran adultas como lo había hecho él. Las reescribiría. Contaría la misma historia, con los mismos hechos y personajes; pero éstos serían individuos más problemáticos, conflictivos, llenos de matices, con secretos, moralmente ambivalentes. Y los paisajes, y los edificios, y las naves surcando el espacio, todo ello aparecería ante los ojos con todas las metáforas necesarias.
Y a eso dedica nuestro escritor sus tardes, a mejorar las novelas que le hicieron soñar en su adolescencia. No cambia nada del argumento, no quita ni añade personajes, pero lo cuenta todo mucho mejor. Los paisajes pueden verse, hay párrafos enteros que describen los escenarios, párrafos enteros dedicados al pensamiento de los protagonistas, capítulos nuevos que añaden perspectiva, contexto, riqueza....
Pero nunca las podrá publicar. Serán siempre un placer oculto. No está previsto que te encuentres en una librería con la novela X del autor Y mejorada por el escritor Z. Nuestro escritor sabe que hay pintores que han hecho sus propias versiones de otros cuadros, meninas cubistas, por ejemplo. Nuestro escritor sabe que hay programadores que mejoran el código escrito por otros programadores. Nuestro escritor sabe que hay científicos que mejoran y complementan las teorías que establecieron otros. Y así Hawking y Penrose teorizaron sobre el principio y el final del Universo porque Einstein fue el autor de la Teoría de la Relatividad, pero no el propietario, y no tuvieron que pedirle permiso a él o a sus herederos para usar sus ecuaciones. ¿Por qué entonces, él no puede hacer lo mismo, lo que sabe, lo que le apasiona? Mejorar novelas.